lunes, 25 de abril de 2011

Confusa

Confusa se despierta entre sueños, no sabe donde se encuentra; al intentar incorporarse nota un golpe seco que le deja lastimada sus muñecas y tobillos , le hace gritar de dolor. Confusa, asustada, intenta zafarse de las cadenas, pero estas no ceden y en cada desesperado intento fuerza la herida en cada una de sus extremidades.


No sabe el tiempo que pasa, el silencio solo rompe con el ruido de las cañerías que pueblan la parte superior de la estancia, la tenue luz le permite percatarse de que no es un lugar muy grande, tampoco un lugar bien cuidado.


Grita, pero no obtiene respuesta; el sollozo aumenta en la desesperación hasta que el cansancio se apodera de su cuerpo.


Al despertar nuevamente, en un intento de que solo estuviera soñando vuelve a la realidad del dolor, miedo, incertidumbre.


Tras un desesperado intento por huir se percata de que hay una bandeja de comida tirada en el suelo. Devora sin recato, no recordaba la última comida que tomó. Disfruta de cada bocado a pesar de que no sabe de donde ha salido. En circunstancias normales no habría comido.


Ya solo escucha su silencio, el único ruido que taladra su cabeza son sus pensamientos. Entre ellos, gritos de locura en un intento por desprenderse de sus ataduras y escapar de si misma.


Aunque al principio se preguntara el porque estaba allí, quien le había encerrado en aquel cuartucho, ahora solo quería escapar de ella misma.


A su espalda surgió una sombra tras el chirriar de una puerta que se iba abriendo lentamente. Solo podía intentar respirar el aire fresco que entraba, pronto sabría el porque de su tortura.


La sombra amenazaba con convertirse en realidad y ya no sabía si quería saber quién era aquella persona.


Antes de ver su imagen escuchó su voz, pero no pudo asociar; al ver el rostro de su carcelera, solo pudo comenzar a gritar, presa de locura.


Mientras, ella solo sonreía viéndola allí tirada, sabía que en esos instantes su cabeza estaría al límite de su capacidad en un intento de comprender lo que estaba pasando. El ruido sería insoportable.


Una vez calmada, desde el suelo, solo pudo preguntar, el porqué de sus cadenas, de lo que estaba pasando, del dolor que estaba sintiendo.


Ella, con la sonrisa; observándola, comenzó a narrarle su vida. Famélica desde el suelo, aun encadenada, con el miedo en sus ojos, escuchaba sin remedio y a cada palabra taladrando su cabeza, el llanto desconsolado brotaba, los gritos se hubieran oído en todo el barrio si eso hubiera sido posible. El ruido en su cabeza seguía siendo insoportable.


Gritaba y nunca bastaba. Gritaba para que parara. Gritaba en un intento de obtener una respuesta que comprendiera, que detuviera esa locura. Y entonces tal y como había venido, se fue, lo último que se escuchó antes de desmayarse retumbó en su cabeza.


- “Quizás no entiendas, que la mayoría de las veces, somos nosotros mismos nuestros peores carceleros.”


Despertó, no sabía cuánto tiempo había pasado, ni siquiera si había pasado el tiempo. Una sonrisa en sus labios, todo era como siempre a su alrededor. Ninguna marca en su cuerpo que delatara aquella tortura. Al levantarse, se dirige al espejo y en el reflejo aquella sonrisa observándola, pero ya no hay miedo en sus ojos, por primera vez en su vida se siente libre de ella misma.








Juan Luis Galán Olmedo

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