lunes, 11 de julio de 2011

Encuentro

Ella era así, intermitente, desde que la conocí aquella tarde me había dado esa impresión.

Se apagaba y encendía como una luciérnaga, desprendía su alma en lo que tardaba en pasar una estrella fugaz y se apagaba tal y como había aparecido. Tal vez exagere, pero si pienso detenidamente en esos días que pasé con ella puedo asegurar que no es tan descabellado.

Nos conocimos una tarde de verano, en una terraza típica de esta estación. Eran las once de la noche y el calor ya no asfixiaba a los que nos atrevíamos a salir a la calle.

Cristina era camarera en el bar donde nos acomodamos y fue ella quien nos atendió, todos comentamos lo guapa que era, algunos más educadamente que otros, pero era una opinión unánime de todos, incluso de todas. No pude dejar de fijarme en sus manos, delataban que no era su profesión, no sé decir porque y a pesar de ello creo que nadie más lo hubiera pensado; destilaba seguridad en lo que hacía, y desbordaba simpatía.

Recuerdo que la alegría iba subiendo al ritmo que las cervezas iban pasando una detrás de otra a pesar de las raciones que habíamos pedido y la velada se alargó para sorpresa de todos hasta cerca de las dos de la mañana. Pienso que en algún momento nos invitaron a irnos, supongo que les alargamos la jornada de trabajo aquella noche más de lo que les hubiera gustado.

Fui a pagar, tras conseguir reunir el dinero entre los presentes en la mesa y conseguí alcanzar la barra sin dar ningún espectáculo digno de mención.

Ella, como durante toda la noche estuvo encantadora, preparó la cuenta y me la facilito. No sé si fue efecto del alcohol o de ella, pero diría que de lo segundo, el caso es que el dinero cayó al suelo. No podía dejar de mirarla, se dio cuenta y entonces se agachó a recogerlo. Me lo ofreció y me reí, tuve que hacerlo, su risa era contagiosa, no podías oírla y no reír tú también.

Eché un vistazo a la cuenta y conté el dinero, cogí de nuevo la factura y me sorprendí escribiendo mi nombre y mi número de teléfono al reverso, cogí el dinero con el ticket doblándolo sobre los billetes, dejando esas líneas negras visibles y se lo di.

Es obvio decir que ella me había visto hacerlo y me sonrió de una manera que no podría olvidar en mi vida. No lo contó, no miró si estaba bien. Me dió las gracias y se dio la vuelta para continuar con su trabajo. No pude articular ninguna palabra más, estaba bloqueado. Y bloqueado salí del local y me uní al concierto de risas que mantenía mi grupo de amigos.    

No sé por qué desee escuchar el timbre del teléfono durante esa semana más de lo que era habitual en mí; bueno en realidad si se porque, deseaba que al descolgar sonara su voz a través del altavoz del terminal.

Un día, meses después de repente sonó el teléfono; yo estaba recostado en el sofá de mi casa prácticamente dormido y al cogerlo no me percaté de que el móvil indicaba que no conocía el número de procedencia.

Descolgué y pregunte, al oír su voz, no recordé de quien podía tratarse, volví a preguntar quién era la persona que se hallaba al otro lado. Y al oír su risa ante mi desconcierto, recordé. Comenzamos a hablar, ella se presentó y me recordó la situación de principios del verano en la terraza. Me digo si quería quedar con ella, claro que dije que sí. De hecho la invité a mi casa y ella accedió; no me lo podía creer.

Ella llegó media hora más tarde y al abrir la puerta, debí de quedarme con una cara de bobalicón al verla; porque me sorprendió preguntando si podía pasar; solo pude sonreírla y dejar que pasara. Como no iba a dejarla pasar. Me disculpé, a lo que respondió que no era necesario que yo también estaba muy guapo y me guiñó el ojo.

El resto de la noche lo pasamos entre risas contándonos fragmentos de nuestra vida y al final de la madrugada ella decidió volver a casa; me ofrecí a llevarla pero denegó el ofrecimiento.
Pasamos meses así, conociéndonos, disfrutando de veladas intimas o de los intereses mutuos que teníamos; a veces no nos veíamos en semanas y volvíamos a encontrarnos tras sus desapariciones, siempre le preguntaba, pero ella nunca contestaba a esa pregunta; conseguí alterar el ritmo de la conversación haciendo olvidar la cuestión,  cada una de las veces que se la hacía.

El caso es que los años pasaban y aunque habíamos hablado de formalizar la relación, nunca concretábamos nada; yo lo deseaba, nunca había sentido ese deseo, pero ella nunca se definía. En ocasiones sentía que se distanciaba, que no era esa chica alegre de la que me había enamorado, pero bastaban cinco minutos para volver a recordar porque estaba con ella. Sin duda, cuando estábamos juntos el aburrimiento no era una palabra que pudiera tenerse en cuenta, fuera una conversación o haciendo cualquiera de la locuras que pasaban por su cabeza.

Un día al despertar, me encontré con un DVD sobre la cama en vez de su cuerpo, y al ponerlo en el televisor encontré imágenes de los dos, había realizado un montaje en imágenes con música sobre aquellos años juntos. Salíamos los dos en muchas de las cosas que habíamos hecho juntos, incluidas situaciones intimas de ambos. No me lo podía creer, pero tampoco podía dejar de sonreír mientras veía las imágenes y los recuerdos que me traían.

De repente apareció ella en el sofá de casa y empezó a hablar, no podía creer lo que estaba escuchando; era una despedida, me decía que tenía que irse y que pudiera ser que nunca volviéramos a vernos. No daba una razón, no explicaba nada, simplemente que me quería y era algo que tenía que hacer. Quizás algún día nos encontraríamos de nuevo me decía.

Pase algunas semanas destrozado poco a poco comencé a incorporarme de nuevo a mi vida habitual, con el corazón destrozado sin poder haberme podido despedir. Nunca entendí el porqué de esa decisión, pero así pasó el tiempo y hoy solo es un recuerdo en mi vida, un grato recuerdo sin embargo a pesar de todo lo mal que lo pasé en aquellos momentos.

La vida continúa y en ocasiones hay gente que solo pasa un instante por tu vida para hacerte recordar siempre quien eras mientras compartía su tiempo al lado de uno. Siempre queda el deseo de volver a sentir esos labios, pero supongo que ya es solo un recuerdo en mi mente.

Juan Luis Galán Olmedo

1 comentario:

  1. La historia se me ha quedado algo colgada, has desarrollado la idea bien, pero al final se queda como colgada. No se, me falta algo mas.
    Besos
    Yolanda

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