lunes, 5 de marzo de 2012

Arcoíris

Era el arcoíris más bonito que había visto nunca; a través de la ventanilla del autobús veía como irradiaba al resto del paisaje de un instante de eternidad, la de una imagen que queda grabada en la retina de quien tiene la bendita oportunidad de que se presente ante sus ojos.

Alcancé un estado de placidez y felicidad que hacía mucho tiempo no lograba alcanzar, ni siquiera lo recordaba. Un aburrido viaje en autobús, con los nervios de quien va a reencontrase con su mujer, de quien en pocas horas se va a encontrar por primera vez con, posiblemente, lo único propio que alguien puede decir tener en esta vida; se había convertido en un dulce estado de felicidad. Quizás el momento ayudaba, pero estaba seguro que no podía ser casualidad.

Solo podía sonreír mientras las imágenes acudían a mi mente; mi mujer, el beso del reencuentro, dormir abrazados nuevamente, poder hablar a mi hijo en el vientre de su madre, ver como nace y completar un sueño común de pareja, a falta de completar la pareja. Su primera mirada, su primera sonrisa... Ahí estaba siempre ese arcoíris proyectando su encanto en cada una de las imágenes que acudían a mi mente.

El viaje fue rápido, el tiempo había sido completado antes de lo que se le suponía y eso me permitió disfrutar del momento del nacimiento de mi primer hijo. Se había adelantado.

Horas esperando y solo recuerdo el temblor de mis manos al sujetarle por primera vez entre mis brazos, acercarle a mi pecho. La expresión de sus ojos, de sorpresa ante aquel desconocido. Recuerdo el tacto de su piel, la fragilidad que destilaba cualquier movimiento de su pequeño cuerpo; la sensación de, por primera vez en mi vida, ser presentado a alguien y sentir que todo tenia un sentido, que es en un momento así cuando se puede disfrutar de la vida.

Y en ese momento, una sonrisa, una fugaz sonrisa de ese pequeño en tus brazos mientras te mira a los ojos. Una lágrima brotando al mismo tiempo en el que sientes todo el peso de la responsabilidad de la aventura que comienza. Llorar, llorar de felicidad mientras acomodas a esa parte de ti sobre el pecho de tu mujer y contemplas lo más importante que has podido hacer en la vida. El tacto de los labios de ella, la mirada de complicidad de los dos al contemplar a aquella persona que eclipsaría para siempre a la imagen de ese arcoíris.



Juan Luis Galán Olmedo







Participando de la iniciativa El Cuentacuentos

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