domingo, 13 de mayo de 2012

Cita a ciegas


Sabía que era su final.

Él comenzó a deslizar, con la suavidad de una pluma sobre la piel, el bisturí que iba abriendo su delicado pecho.

Habían pasado seis horas desde que se encontraran en la puerta del restaurante donde habían quedado.

El inicio de la velada prometía: restaurante lujoso, buena comida. Su acompañante, al que hacía unos meses que conoció, era guapo, elegante, ingenioso, atento. Era la primera cita. Nada podía hacerla pensar lo que más tarde sucedería. 

La cena a la altura del lugar y de la compañía. Pasaron dos horas, entre risas, tonteando entre bocado y bocado. Se conocieron en el trabajo, él, anestesista, y ella, enfermera. Acababa de aceptar un nuevo puesto en el hospital. Sus aficiones, las típicas. Sus vidas, también. O eso creía ella.

El postre decidieron compartirlo juntos en el piso que él tenía a poca distancia de allí.

Al entrar quedó impresionada, una decoración magnífica, que destilaba buen gusto. Él puso algo de música mientras le enseñaba la casa. Le pidió que se acomodara. Abrió una botella de champán en la cocina y sirvió las copas mientras continuaban charlando en el sofá.

Se despertó aturdida, tardó en acostumbrarse a la luz que le llegaba desde las lámparas situadas a su derecha. No veía dos metros más allá, todo estaba a oscuras. Le era imposible mover ningún músculo de su cuerpo. Sólo de cuello para arriba. Comenzó a gritar.

-Tranquila, nadie puede escucharte. Está insonorizado. ¿Te gusta? - le dijo mientras salía de la oscuridad a sus pies y se situaba a su altura. Ya no le parecía tan guapo.

-¡Hijo de puta!, ¿Qué crees que estás haciendo?

-Enamorarme. - No había sentimiento alguno en su voz, era fría y seca. Una ligera mueca fingía ser una sonrisa en su rostro.

Gritaba. Pidió clemencia. Le llamó loco. Lloró desesperada. Cada sonido de su voz únicamente tenía como respuesta el silencio.

Así pasó el tiempo que tardó en romperle las ropas que cubrían su cuerpo sin vida. Sin prisas, él, eterno para ella, disfrutaba con la pasión que clamaba por su amor.

Paseó a su alrededor contemplando a su amada mientras ella sollozaba desesperada.

-Por favor.

El sólo admiraba.

Acercó una bandeja, sonaba el ruido metálico de su contenido, y empezó a buscar...

Ella no quería imaginar que lo que pasaba por su mente era cierto. Había acertado. Él mostraba un bisturí en sus manos. Comenzó a gritar desconsolada, lloraba, gritaba nuevamente.

Él volvió a pasear, bisturí en mano, a su alrededor. Acariciaba su piel, ella únicamente sentía a través de sus ojos como acariciaba el frío acero su piel, en ocasiones era la fría mano desnuda de él la que hacía que se estremeciera de asco y repulsión.

Una vez, de nuevo, a su lado izquierdo, le preguntó: - ¿Me quieres?

La respuesta fue coherente a la situación, si las paredes no fueran mudas habrían gritado.

-No hace falta que contestes, ya lo harás. 

Si las paredes no fueran ciegas habrían llorado.

Se dirigió hacía la oscuridad a sus pies y de repente empezó a sonar el crepitar de los fluorescentes encenderse. La ceguera temporal, le impidió contemplar, de manera inmediata, las vitrinas repletas de frascos llenos con formol que mantenían intactos decenas de corazones atravesados por una flecha.

Cuando fue consciente de lo que veía, las paredes se le vinieron encima. Sabía que era su final.

Él comenzó a deslizar, con la suavidad de una pluma sobre la piel, el bisturí que iba abriendo su delicado pecho.

-Siempre estaremos juntos, mi amor. - Sería lo último que oiría mientras su cuerpo se desangraba y su corazón era atravesado.



Juan Luis Galán Olmedo


4 comentarios:

  1. ¡¡Madre mía qué macabro te has vuelto en este texto!! Muy descriptivo, daban escalofríos al leerlo, me dejaste helada.

    Un saludo :)

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  2. Sí, temía que ese fuera el resultado ;-)

    Me alegro haber conseguido el efecto que buscaba. Quería probar otro registro.

    Un saludo.

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  3. Tonta de mi .... metida en mis problemas de salud no habia buscado lo que compartias conmigo..... Perdona, ni muerta acudo a una cita tuya ¡¡¡¡
    Juan Luis, con lo rico y simpatico que eras ¡¡¡
    Un abrazo.... si dejas lo que llevas en las manos ¡
    Gloria

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  4. Jajajaja, bueno, veo que resulta creíble (lo cual es bueno) aunque solo sea ficción ;-P

    Un abrazo.

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