viernes, 29 de junio de 2012

La materia de los sueños

Tenía que conseguir ese libro como fuese. Recuerdo que era el día de mi cumpleaños, uno de junio del año dos mil doce, aquel día se lanzaba y ya deseaba tenerlo entre mis manos. Al no recibirlo, entre los regalos,  me llevé una desilusión enorme.

Terco de mí, decidí no rendirme y tracé el plan que me permitió llegar a conseguirlo.

Tenía doce años. A la vuelta del colegio pasaba todos los días por la librería cerca de mi casa donde me perdía entre los libros, todos aquellos que nunca llegaría a leer. Tracé un plan; estudié la posición de las cámaras de seguridad, el comportamiento de los dependientes. El local era grande, las medidas de seguridad eran importantes o eso creía yo <<Ni que guardaran dinero en aquel lugar>> pensaba continuamente.

No disponía de dinero, mis padres no entendían mi pasión por los libros y eso me privó, no por mucho tiempo, de su lectura. Deseaba tanto poder disfrutar de esa joya que elaboré el plan perfecto, o eso me parecía en ese momento.

Mi plan era metódico. Una vez estaba en la tienda, cogía un ejemplar, me dirigía al punto ciego que había detectado. De manera rápida y precisa abría el libro por la página que tenía que copiar aquel día y con mi móvil (de algo serviría la manía de mi madre de tenerme controlado), y su no muy exigente cámara, fotografiaba las páginas que me daba tiempo.

Con la tarea cumplida, volvía a casa para hacer mis deberes; aunque en realidad copiaba a mano el texto que, con esfuerzo, lograba descifrar de aquellas imágenes y avanzaba un poquito más en su lectura a la espera de descubrir al día siguiente, otro poquito más. Después debía de hacer los deberes. Nadie podía sospechar.

Fue un apasionante viaje compartido con aquel título. Logré descubrir la leyenda que se escondía tras aquella cubierta. Aunque en el camino tuviera que convertirme en un ladrón. Ahora sólo puedo sonreír recordando la adrenalina en mi pequeño cuerpo mientras lograba día a día la hazaña.

El día de mi cumpleaños, un año después, decidí concluir aquel viaje, sólo faltaban las últimas páginas. Por fin conocería su final. Como siempre, me hice con un ejemplar, fui al lugar de siempre y saqué mi móvil...

Cuando sentí la mano del librero sobre mi hombro, se me cayó el mundo a los pies.

-¿Qué crees estar haciendo, rapaz?

- Nada. Sólo ojeaba.

-¿Y por qué le estás haciendo fotos a las páginas?

Me desplomé, no era tan bueno como el protagonista de aquella aventura. Entonces comencé a llorar mientras le contaba toda la historia a mi ‘carcelero’. Eterno calvario.

- Anda, no llores. Toma esto. Ábrelo.- me decía mientras extendía su mano con un paquete envuelto. Miré sin comprender aunque seguí sus indicaciones sin rechistar. Imagino que mis ojos al ver el contenido reflejaron claramente mi asombro porque no acerté a emitir palabra alguna. Allí estaba; esa reluciente cubierta con su espada, esa brillante moneda, el fondo de Sevilla.

- ¡No llores, anda! – Me dijo mientras se me escapaban las lágrimas. Él sonreía.

Por lo visto, me contaría más tarde, no debí trazar mi plan tan bien como yo había imaginado porque tardaron dos escasas semanas en darse cuenta de mi ‘hurto’. El librero había dado orden de dejarme continuar con mi aventura. Quería saber cuanto aguantaría. Al no desistir a las semanas, decidió averiguar más sobre mí y - La tenacidad tiene premio muchacho- me dijo; decidió darme una agradable sorpresa el día de mi cumpleaños. Imagino que sabía que estaría por allí, aunque hubiera cambiado de libro. Años más tarde me contaría que era un viejo conocido a pesar de mi edad.

Tenía el libro, con el que había compartido muchos días, entre mis manos, pero al abrir las primeras páginas y ver aquellas palabras garabateadas no podía salir de mi asombro. 

-¡Papá! ¿Qué era? ¿Qué ponía?

- Hijo, espera que recuerde, textualmente ponía: “Para … con muchísimo cariño, deseando que esos sueños los conviertas en realidad ¡Un abrazo!” ¡Estaba firmado por el autor! ¡Ponía mi nombre!¡Me lo dedicó!

Continué llorando durante toda la tarde de alegría, de pura alegría, no podía dejar de darle las gracias. Aquel día, al llegar a casa, pude saber como terminaba aquella aventura sin tener que escribir a mano aquellas últimas páginas. 

- ¿Y volviste a ir a la librería, alguna vez? ¿No te dio vergüenza?

- Sí,  pero ya no había necesidad de esconderse. Por otro lado, si no hubiera vuelto, no sé si hubiera conocido a tu madre.

- No te entiendo papá.

- Aquel librero  era tu abuelo, Sancho. 


Juan Luis Galán Olmedo

Participando de la iniciativa El Cuentacuentos


Nota: Un agradecimiento a JGJ por prestarme el titulo, tan especial, que da nombre a este relato. Gracias.


7 comentarios:

  1. ¡¡Ostras!! ¡¡Qué bonito!! Me gusta muchísimo.
    Es precioso, seguro que a Juan le habrá encantado y emocionado.
    Un saludo

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    1. Muchas gracias María. La verdad es que tengo constancia de que si le gustó.

      Desde que leí el primer capítulo, tenía la idea en mi cabeza y , o la soltaba, o la olvidaba. Me alegra haberla soltado ;-)

      Un saludo.

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  2. Por miedo a estropear lo genial que fue leerlo, simplemente decir: enhorabuena por el relato!!!

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    1. Gracias, no sabes lo que significa leer esto.

      Un saludo.

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  3. Fenomenal historia!!
    El escenario no podía ser mejor para un relato que una librería; el personaje no podía ser mejor para un libro que un niño con la ilusión de leerlo; y el libro, toda una leyenda capaz de generar tal magia que el futuro ya se estaba escribiendo a su alrededor.

    Un abrazo

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  4. Se me escapan la identidad de los personajes, aunque con ese Sancho que nos revelas en las últimas líneas, se me ocurre pensar tal vez en un Don Quijote y un Sancho modernos. Seguro que me equivoco desde luego.
    Sea como sea la historia me ha gustado mucho. ¡Adoro las librerías!

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    1. ¡Te equivocas a medias!
      La referencia es el libro que reseñé en la anterior entrada a esta. La leyenda del ladrón.

      Búscalo en alguna librería y si lo lees entenderás en que parte acertaste ;-)

      Un saludo cuentacuentos.

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