miércoles, 11 de julio de 2012

Draco

Creo en dragones, al fin y al cabo soy uno de ellos. Muchos no creen en nuestra existencia, pero aquí estamos entre vosotros, escondidos, esperando el día en que vosotros mismos provoquéis vuestra extinción. 

Era la única manera de sobrevivir desde aquellos tiempos en los que el hombre decidió que no quería seguir creyendo en nosotros. 
Durante lunas, convivimos como especies, no teníamos que ocultar nuestra verdadera identidad y pudimos ayudar a hacer crecer a esa raza primitiva, pero con gran potencial, que nos había acompañado durante siglos. 

Nunca quisimos creer que aquellos a los que tratamos cómo iguales, nos traicionarían. Descubriríamos el significado de esa palabra aquel fatídico día. 

Como especie nunca hemos sido muchos, nuestras hembras no fecundan facilmente. En contrapartida vivimos bastantes más años. Durante algunas décadas tuvimos problemas de natalidad bastante acentuados y quizás eso les brindó una oportunidad para extinguirnos. 

Aquel día mi padre acudió a la asamblea convocado por los humanos, al área del norte, para tratar algunos asuntos comunes. Era una trampa. 

El lugar de reunión era una explanada cubierta de roca, prácticamente en su totalidad, estaban todos allí presentes. El centenar, aproximadamente, que conformaban la comunidad de dragones y los representantes de los distintos  asentamientos humanos. 

La velada transcurrió sin  mayor problema. De repente, según me cuenta, sintieron que el sol desaparecía antes del ocaso y vieron como la abertura superior era cubierta por una red que impedía escapar volando de aquel lugar. Los humanos de repente habían desaparecido por las pequeñas cuevas que había diseminadas por la zona. El tamaño de los dragones impedía poder seguir el ejemplo y el fuego rodeaba por todos lados a los que allí habían acudido. 

Los compañeros que intentaron atravesar el fuego, se toparon con redes que impedían el paso en vuelo a través del mismo. 

Sólo los que dominaban el arte de la magia, practicas que nunca se transmitió a los humanos, pudieron escapar de aquel infierno. 

Desde aquel fatídico día tan sólo quedaron diez dragones con vida, entre ellos mi padre,  tuvieron que esconder su verdadera naturaleza para preservar toda una raza. 

El día que mi padre decidió transmitirme mis orígenes no podía creerle; al fin y al cabo, hasta ese momento sólo había conocido mi forma humana. Puedo recordar aquella explanada en la que me reveló la memoria colectiva de mi especie. Aprendí con el tiempo a dominarla. Con los años he crecido en el manejo de dicha magia, así cómo en el control de mi forma real y mi disfraz. Sólo espero contribuir al día en el que volvamos a poder ser lo que hace tiempos inmemoriales fuimos. 

Mientras tanto en las pocas ocasiones que se produce el fenómeno, libero mi verdadero ser. Cada doble luna llena, cuando los dos soles se ocultan y el cielo se tiñe de sangre, entiendo lo que es ser libre.


Juan Luis Galán Olmedo

Participando de la iniciativa El Cuentacuentos





4 comentarios:

  1. Mantienes hasta el último instante la identidad del narrador. Y trasciende al hilo de la actualidad que nos azota hoy, la calma con la que nos cuenta una traición, tan distante de la reacción americana tras lo de Pearl Harbour. No transmite la fiereza de la venganza sino el ansia de poder humano.
    Y sobre todo el aprecio por la libertad.

    Gran relato, un abrazo!

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    1. Fue mi primera opción, clamar venganza; pero al final el protagonista decidió que no era necesario ;-)

      Un abrazo.

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  2. Me ha gustado mucho, entiendo ese relato casi como mio, esa necesidad de sentirnos libres cuando nos vemos obligados a estar escondidos... Tiene tantos matices, felicidades!!!!!

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    1. En realidad muchos de los matices se los ponéis vosotros los lectores.
      Me alegra que te gustara.

      Besos.



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