jueves, 8 de noviembre de 2012

Hambre


Hacía años que no me despertaba tan hambriento. Al incorporarme y dirigirme al salón vi que estaba esperándome un apetitoso manjar en la mesa. 

Alicia, ese me dijo que era su nombre, me contó que estábamos en el año 2012; yo no le creí hasta que pulsó un interruptor en un aparato rectangular que había sobre la encimera y de repente comenzaron a sucederse las imágenes. Desde luego nada de lo que allí se mostraba pertenecía a ninguna de las épocas en las que había vivido hasta ese momento. Aunque ya era lo suficientemente viejo como para sorprenderme. La hibernación había sido demasiado extensa en esta ocasión. 

Antes de proceder al desayuno me contó que era una estudiante de química de familia adinerada, me encontró en el desván de la vieja casona, muy cerca de la universidad, que había alquilado cuando inició sus estudios. Quedó fascinada. Encontró mi fresco cadáver junto a una nota en la que había descrito quien era y lo que necesitaba. Me había cuidado durante los últimos tres años por lo visto. En ese periodo había estado ideando una formula que me permitiría adentrarme en la luz sin sufrir ninguna de las desagradables consecuencias que normalmente me acontecían. Si eso era verdad, estaba expectante, me daría una libertad que hacía mucho tiempo que no disfrutaba. 

–¿Cómo podría recompensarte? – le dije.

–Creo que sabes perfectamente como hacerlo. – me contestó mientras se desabrochaba el tímido camisón que llevaba puesto. 

No pude evitar recordar viejos impulsos y mi organismo no tardó en reaccionar a la invitación. Me desnudé y comenzó a aplicarme la loción que había inventado por todo mi cuerpo. Sentía el calor de sus manos sobre mi gélida piel. Ella estaba sorprendida por mi erección aunque por lo visto no era la primera vez que me veía desnudo. De repente se abrieron las ventanas, todas las cortinas de la estancia se plegaron y la luz del sol entró de lleno golpeando mi cuerpo por primera vez en siglos. Grité. 

Pasaron unos segundos hasta percatarme de que aún seguía vivo, ella aún reía con la imagen y aunque mi virilidad había muerto por un instante rápidamente volvió a su ser mientras asimilaba la idea de libertad que esta chica me acababa de descubrir. A pesar de ello estaba furioso y decidí liberarme de todas las emociones que acababa de sufrir  con ella. Le agarré y le atraje violentamente hacía mi, tumbada sobre la mesa con sus muñecas sujetas por mis manos, penetré sin contemplaciones. Pude disfrutar de su miedo por unos instantes hasta dar paso al placer más absoluto. Ambos terminamos por corrernos carnalmente. Exhaustos acabé reposando mi cuerpo sobre el suyo y por fin pude satisfacer mi apetito. Mis colmillos traspasaron su delicada piel a la altura de su cuello y comenzó a palidecer mientras yo paladeaba su sabor lentamente. 

La sangre resbalaba por las comisuras de mis labios, su fresco cadáver yacía sobre la mesa.  

–¿Era esto lo que querías? – le dije al ver que abría los ojos. 

–Tengo hambre. – me dijo sonriendo mientras dejaba entrever por primera vez esos delicados colmillos.

Juan Luis Galán Olmedo


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