martes, 11 de diciembre de 2012

Metálicos recuerdos

Qué te puedo contar. Todavía recuerdo mi primer viaje, el sabor metálico del movimiento acompasado de mis ruedas al encuentro de aquellos primeros viajeros. Ese era mi destino y creo que lo he cumplido con orgullo estos últimos años.

Lo mejor de mi trabajo es el conocer tan estrechamente a muchos de los pasajeros que han pasado por los vagones que me han ido dando forma en este tiempo.
En más de un caso he llegado a hacer amistad con ellos, nunca han fallado a su cita. Son pocos; ciertamente, la mayoría de personas van y vienen, se quedan un rato mientras me dedico a llevarles a su destino.

El tiempo me ha dado la habilidad de leer el comportamiento de los pasajeros. Desde el trabajador, al estudiante, pasando por los que van a disfrutar de la fiesta o vuelven de ella. Es fácil identificarlos. Su actitud, su sueño, sus gritos, los silencios… Todo detalle vale para jugar a conocer a quien sube sobre mi metálico cuerpo.

Juego a imaginar quienes son más allá de la estructura que me da forma y en ocasiones me lo han permitido. Ellos dirían que las paredes no escuchan, si pudiera hablar con ellos les sorprendería cuanto he podido llegar a conocer de cada uno simplemente escuchándoles.

Imagino que dentro de todas esas historias hay algunas a las que sin proponértelo les coges más cariño y quedan grabadas a fuego en la memoria y justo una de esas es la que te voy a contar, ahora que me estas prestando la atención que esas vidas se merecen.

No recuerdo la primera vez que Natalia subió a mi tren, era una más de todos esos jóvenes que se dirigían a la universidad. Si me quedé prendado de ella fue porque pude ver como una chica ausente, triste, con ojos infinitos mirando al vacío a través de mis ventanas, se transformaba en la chica alegre que convencía con su mirada a quien tuviera la suerte de cruzarse con ella.

Creo que me he precipitado en la historia. Voy a ver si pongo en orden los recuerdos que tengo sobre ella.

El primer recuerdo que tengo sobre Natalia fue por una molesta manía, molesta para mí; imagino que ella pretendía sentirse más cómoda. No soporto que me pongan los pies encima de los asientos y ese gesto por su parte me hizo fijarme en ella en aquella ocasión. Me quede atrapado en el color azul grisáceo de sus ojos mientras miraba al infinito a través del cristal. Como decía antes denotaba tristeza y ausencia. Era temprano, muy temprano, pero nunca se quedaba dormida al contrario que muchos a esas horas. Imaginé que era estudiante por su mochila y porque el trayecto que hacía, su destino, la delataba. Cada día de lunes a viernes era puntual a su cita conmigo, sobre todo por la mañana.

Al principio me preguntaba que podía hacer que aquella mirada no tuviera esperanza, cómo podía ser que alguien de su edad no mirara al mundo con curiosidad. El caso es que pasaron las semanas, yo la observaba y me perdía en sus ojos y un día simplemente había cambiado. Me sorprendió. No sabía de que manera, aquella chica ya no era la misma y no podía comprender en aquel momento que había cambiado para que pasara eso.

Eso me hizo reflexionar y meditar largo y tendido. La conclusión no fue grata para mí, aunque no hubiera solución. Yo les conocía a ellos únicamente en lo que duraba el trayecto, lo que tardaban en llegar al destino. Nunca podría conocer, por ejemplo, que había sucedido en sus vidas, lejos de las vías que nos unían, que pudiera haberles cambiado a ellos como observé el cambio en Natalia.

Por suerte, con ella, pude cerrar ese misterio que me desvelaba y que explicaría que acabara convirtiéndose en la imagen de la felicidad cada mañana. Y era más simple de lo que mi metálica imaginación me había permitido.

Antes de continuar, tengo que decir que no me gusta escuchar las conversaciones ajenas, pero hay personas a las que les gusta contar su vida a los demás aunque no estén tratando directamente con ellos. Natalia era una de ellas, aquel día comprendí el motivo del cambio y era simplemente que en aquel breve tiempo había encontrado a una persona que le hacía mirar al mundo de otra manera. Ciertamente lo estaba consiguiendo, la transformación era más que evidente.

Me alegré por ella, alguien a quien desear ver es un buen motivo para ver las cosas de otra manera. El caso es que pasaron las semanas y la curiosidad me picaba. Siempre esperaba que llegara acompañada y conocer al muchacho que había sacado esa faceta de ella a la luz.

Tardaría algunos meses en suceder de hecho. Aquel día fue normal hasta que en la parada siguiente Natalia se levantó con cara de sorpresa. Yo no sabía que estaba sucediendo y le escuché.

¿Qué haces aquí? dijo con la voz temblorosa mientras veía cómo se arrodillaba ante ella.

Sabes ya lo que te estoy pidiendo. dijo sin apartar su mirada de la de ella. ¿Te quieres casar conmigo?

Debí de chirriar más bruscamente de lo debido porque la gente se asustó, además de no escuchar nada, pero es que en ese instante  me lleve una de las sorpresas más grandes de mi vida. Tras el susto inicial creo que todos los presentes imaginamos que su contestación fue afirmativa porque Natalia se abalanzó sobre Elena, más tarde me enteraría de su nombre, y se fundieron en un abrazo acompañado de un largo beso.

Diría que a ellas les importo poco escucharse. Imagino que es lógico. Creía que lo había visto todo hasta ese momento, algo que obviamente nunca se puede decir. En cualquier caso aún no comprendí en aquel momento lo que estaba viendo, me alegraba que ella no fuera la chica a la que conocí.



Juan Luis Galán Olmedo

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