domingo, 20 de enero de 2013

Desahogo

Las lágrimas salieron corriendo, no me dio tiempo a despedirme de ellas. Tantos días desde que llegarán a brotar de mis ojos y así, deprisa, se marcharon.

 La última vez que nos vimos fue hace mucho tiempo, acabamos charlando de aquel año, en el que casi damos por terminada la vida, como si no hubiera pasado el tiempo. Nos conocimos precisamente hablando de ello, le dije que siempre recordaba aquellas palabras, la última vez que asistió a una de las reuniones.

 Fue hace tiempo, una terapia experimental de nuestro psicólogo. Hizo un grupo reducido de pacientes con el beneplácito de todos los asistentes. Nuestro punto en común era que habíamos intentado acabar con nuestra vida. El objetivo era hablar en público sobre las motivaciones, cómo nos sentíamos, que nos había llevado a esa situación.

 Fue importante. Al final aprendimos lo importante que es en esta vida hablar, expresar…, llorar. La primera sesión fue silenciosa, ninguno quiso lanzarse al ruedo. Dio para poco más que para presentarnos. En la siguiente fue, precisamente, él quien se lanzó a contar su historia. La recuerdo así: 

 Hace algo más de un año que intenté suicidarme, no quise hacer mucho ruido, de manera que opté por ingerir unas pastillas para dormir que me habían recetado, junto a algún relajante muscular que tenía a mano. Pensé que sería suficiente. Un día, simplemente, decidí no seguir soportando aquel dolor.
 Nunca había sido una persona muy comunicativa y desde que murieron mis padres, las cosas se habían ido acumulando, una losa encima de otra. Llevaba meses encerrado en mí. 

 Cómo decía, la muerte de mis padres fue el detonante. Aún así pude aguantar el primer envite; junto a mi mujer y mi hija apoyándome podía irme acostumbrando a no tenerles cerca. Para mi desgracia tres meses más tarde me despedían del trabajo. 

 No creo que hubiera supuesto mucho en otras circunstancias, pero a mi me afectó bastante. Quizás no supe reaccionar bien, quizás debí de haberlo asumido de otra manera. No sé si eso se puede elegir. El caso es que me encerré, perdí las ganas de hacer muchas cosas; incluso estar con mi mujer. Ella lo debió de notar, lo aguantó, hasta que no pudo más. 

 Un día cualquiera, simplemente tenía las maletas en la puerta. Me dijo que aún me quería pero no podía convivir con aquel hombre en que me había convertido. Se marchó, se fue de mi lado, llevándose a mi hija. 

 La distancia pudo con nuestra relación, imagino que ya había puesto yo distancia de por medio mientras aún estábamos juntos. Mantuve algún contacto con mi hija hasta que a su madre le ofrecieron un trabajo al otro lado del atlántico. Por aquella época estaba empezando a remontar, parecía que volvía a ser yo mismo, pero aquello fue la puntilla final.

 El día que me despedía de mi niña y de su madre en el aeropuerto, sería la última vez que las vería. Nunca llegaron a su destino, el avión sufrió un accidente en medio del trayecto. Nadie sobrevivió. Es imposible olvidar la última vez que ves a tu hija. 

 Volví a caer al pozo, más profundo si cabe. Fueron unos meses duros en los que las lágrimas eran el único consuelo para cada uno de los sucesos de mi vida. Recuerdos, sólo recuerdos, frágil condición de ser humano, desesperanzado ante la imagen de lo más querido.

 Me encerré más si cabe en mí. Inexpugnable para amigos y familiares que quisieron ayudarme. Y decidí acabar con todo tal y cómo contaba al principio. Obviamente no me fue bien. Ahora respiro. 

 He decidido venir hoy por primera y última vez. Solo quería contaros mi historia por si os sirve de algo. He estado varios meses de terapia. Durante todo este tiempo he pasado por momentos en los que llegué a estar más cerca de la muerte que de la vida, ya que quedarse atrapado en los recuerdos me hacía estar más cerca de lo primero día a día. 

 Pero sobre todo he llorado acompañado, he hablado de mis problemas, he vuelto a contactar con familia y amigos; aquellos que aún me han abierto sus corazones. Y sólo os puedo decir que lo mejor para sobrellevar el dolor es desahogarse, es soltar lastre. En mi caso han sido las lágrimas que me han acompañado todo este tiempo mis mejores aliadas.

 Me he sorprendido a mi mismo necesitando llorar cada vez menos, recuerdo el momento en que quise apartarlas y por primera vez entendí que ya no me quedaba mucho tiempo de sollozos. Había desahogado mi alma y por casualidad, aunque no se si creer en ella, el mundo me ofreció una esperanza que creía haber apagado. 

 Sin previo aviso, otro recuerdo a través de una mirada fortuita. Una sonrisa que encendió una llama. Comienzo a reconstruir mi vida de nuevo a partir de aquellas lágrimas. 

 Aquel día efectivamente fue el último que vino a las sesiones. Lo recuerdo como el detonante para que todos nos abriéramos y empezáramos a contarnos. Posiblemente nos ayudó más de lo que hubiera imaginado. Al menos así lo recuerdo. 

 Hoy al encontrarnos; además de hablar sobre aquella parte de nuestra vida, hemos conocido a nuestras respectivas mujeres. Mientras nuestros hijos estaban jugando en el parque hemos estado conversando de diversos temas. Al despedirnos nos intercambiamos los teléfonos y nos prometimos vernos algún día, más tranquilamente. 

 Es curiosa la manera en la que la vida te da la vuelta, a veces, sin tú proponerlo.

Juan Luis Galán Olmedo





2 comentarios:

  1. La vida debería darnos mas momentos maravillosos como este que cuentas.

    ¡Felicidades!

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  2. En ocasiones incluso de los malos se sacan buenas cosas.

    Gracias Carlos. Un abrazo.

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