domingo, 19 de mayo de 2013

Ronroneo

Me giré al escuchar sus pasos. No podía ver nada, la oscuridad de la noche y la escasa iluminación del alumbrado público me lo impedían. Podría haberme asomado a la esquina pero preferí preguntar ¿hay alguien ahí? En ese momento un maullido me hizo saltar del sitio en el que estaba, el corazón quería escapar de mi pecho. Al ver aparecer ese gato, de pelaje negro, fue como si me hubieran quitado un peso de encima. <<Sólo es un gato negro –joder, que suerte-, un puto gato>> pensaba mientras continuaba la marcha acelerando el paso todo lo que mi estado físico me permitía. No pude evitar mirar de reojo, desde ese encuentro,  a cada dos pasos que daba e interrumpir la marcha ante cualquier mínimo ruido. Justo al girar la siguiente esquina volví a escuchar aquellos pasos. La escena como un déjà vu se reprodujo y en esta ocasión tras volver a preguntar si había alguien ahí comencé a escuchar unos ronroneos; los causantes del sonido, el gato negro de hacía dos minutos y un gato de pelaje claro, manchado con ¿sangre?, jugaban entre ellos mientras se acercaban a mis piernas <<Joder, con los dichosos gatitos; ¡que susto!>>  pensé mientras no pensaba en lo que hacía y golpeaba a uno de ellos.

De repente el silencio se nubló completamente y el maullido de aquel animal al recibir el impacto de mi bota me hizo llevarme las manos a mis oídos, incapaz de seguir escuchando aquel desgarro.

Mareado, tambaleándome, aturdido; me mantuve de manera milagrosa en pie. Al recuperar la normalidad lo primero que me llamó la atención fue que nadie se asomara a ver que sucedía. Era imposible que nadie hubiera escuchado aquello. Sin embargo, la oscuridad seguía retando a las escasas farolas de la calle, o era al revés. El silencio recuperó su espacio.

Cuando comencé a caminar de nuevo, empecé a escuchar maullidos en los tejados y pocos segundos después empecé a ver las sombras de los gatos caminando a mi paso por las alturas. Como si de un coro se tratara se iban sumando voces; decenas, cientos,  a lo que parecía un concierto coral. Ninguna luz en ningún piso. Aceleré el paso, aceleraron la música al ritmo de mis pies que ya no podían seguir el ritmo de mi corazón. No podría aguantar mucho más, pero con suerte llegaría a casa en cinco minutos. Ya quedaba poco, me decía a mi mismo. <<Sólo son gatos>> <<Al final de la calle a la izquierda y ya estas en casa>> pensaba intentando mantener la calma. Aceleré aún más el paso. El dolor en los pies era insoportable, los gemelos sobrecargados ya me pedían un descanso, el dolor subía por  las pantorrillas que difícilmente me respondían. Antes de girar la esquina volví a escuchar pasos y de manera inconsciente me giré, no tenía que haberlo hecho, cerré los ojos, incapaz de seguir mirando.

Juan Luis Galán Olmedo


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2 comentarios:

  1. Leyendo tu relato, se me ocurrió un diálogo entre el gato con botas y el gato de Cheshire. ¡Un abrazo, Juan Luis!
    Buena semana.

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  2. Pues no se me hubiera ocurrido O_o

    Un abrazo :-)

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