viernes, 9 de agosto de 2013

Calle Jung, 1

Nota: El siguiente relato lo podrás encontrar junto a relatos de otros autores en el libro solidario, todos los beneficios que genere van destinados a obra social, #sincroniciUdad


El sonido fue fuerte y sordo. Bajé la música e intenté volver a oír lo que había escuchado, debió de producirse muy cerca de la casa. 
Yo estaba tranquilamente en el piso, escribiendo unas cuartillas mientras escuchaba música. Hacía años que escribía y la sensación me liberaba, supongo que debido al hecho de crear algo de la nada. El papel me servía de refugio ante el resto del mundo. Tal vez por eso nadie nunca las había leído. 
Me levanté extrañado, apagué la cadena de música y salí al balcón a ver si desde allí podía divisar el tumulto que se había producido y que estaba escuchando de fondo. Hacía una noche preciosa de primavera, el cielo estaba despejado y la temperatura era buena para la época del año. No pude ver nada a pesar de mi insistencia. Así que decidí volver al lugar en el que estaba momentos antes y continué escribiendo a pesar del ruido de fondo. 
No me estaba gustando lo que había escrito esa noche, no tenía muy claras las ideas y no dejaba de darle vueltas a la cabeza, ningún tema se quedaba durante cinco segundos como para que pudiera madurarlo y escribir algo que mereciera la pena. 
Era como si el ruido que venía de la calle se hubiera instalado en mi cabeza, no era capaz de escuchar con nitidez ninguno de mis pensamientos: 

«...miedoalsentidotemordudaelpajaroflotaenelaireseduermetraicionenlaeraeltiempoquejadelamorolvidadoruidodudatrabajoespaciohaciendaemedueleesperodudavidasexoaguaesfamiliapresentesipasadoamistadfuturoojosalmasusmanoslaidearonroneodeolasinsoportablesueñomuertementiradudanopuedoamosientotengosabiotiempo…>> 

Me levanté de nuevo, cerré la puerta de la terraza, bajé las persianas en un intento de neutralizar el escándalo del exterior; olvidando por un momento el que tenía organizado dentro de mí. 
No estaba concentrado y las ideas no venían a mi mente, se escapaban una detrás de otra antes de ni siquiera tantearlas. Al fondo, el tumulto ocasionado cada vez se hacía más fuerte e insistente. Ni el hecho de poner de nuevo la música lo calmaba, así que desistí de dejar encendido el aparato. 
Oí que llamaban a la puerta, hice caso omiso prefiriendo continuar con lo que estaba haciendo y volví sobre las hojas en blanco, pero la insistencia con que llamaban empezaba a ser irritante y pensé en ir a abrir para pedir que dejaran de hacer tanto ruido. 
De repente, sin previo aviso, sentí un impacto contra la puerta del piso

Los golpes y gritos en el piso contiguo eran ya tan evidentes que tuvo que abandonar lo que tenía entre manos. Guardó precipitadamente todo lo que había sobre la mesa, bolígrafo y papel incluidos, en el cajón. Salió al descansillo con la intención de llamar la atención a los vecinos cuando el impacto contra la puerta del piso le alertó. Al abrirla ella se desplomó sin fuerzas a sus pies impidiendo que el puño de aquel tipo impactara de nuevo en su rostro. 

-¡Pero, que cojones...! - dijo mientras veía el puño acercarse a su cara.

Esquivándolo, saltó como pudo sobre aquel cuerpo caído y embistió contra su agresor perdiendo ambos el equilibrio. Ya en el suelo, forcejearon intentando golpearse el uno al otro; algunos consiguieron su objetivo, otros no. Al final pudo maniobrar y realizarle una estrangulación -las clases de judo finalmente le servirían para algo-. Mientras mantenía la presión le susurró al oído: "No tengo nada que perder si te mato ahora mismo." En ese momento levantó la cabeza y al ver  aquellos tacones verdes que daban forma a unos zapatos, volvió a la realidad. Soltó a su presa, que estaba a punto de desvanecerse y le invitó a desaparecer de su vista si no quería que cumpliera su promesa. 

"Una rata siempre huye de la escena del crimen" pensó mientras le oía alejarse. Su preocupación se centró en la chica y aunque estaba inconsciente, comprobó que aún respiraba.

Unos días más tarde, tras el incidente, llamaron a su puerta. Al abrirla se encontró con un globo rojo de la cual colgaba una tarjeta que en su reverso ponía: 

Golpea el cielo, pisa el suelo. Sueña…

Debajo, escrito con una delicada y grácil caligrafía en el espacio en blanco:  Gracias por salvarme la vida.

Sonrió. Se alegraba de que ya estuviera recuperada. Le había sido imposible olvidar aquel fatídico día y al intentar nombrarla se sorprendió al pensar que no conocía aún el nombre de aquella desconocida tan cercana. Se había conformado con llevarla al hospital y dejar que le atendieran. Cuando los agentes le invitaron a declarar en comisaría sobre lo sucedido -los médicos habían activado el protocolo correspondiente-, ni siquiera preguntó cómo se llamaba. 

Hubo un segundo en que dudó si debía llamar a su puerta, pero no lo hizo. Volvió a entrar, se acomodó y volvió a retomar la novela que tenía entre manos: Thirty Postcards Away
Mientras leía, su cabeza daba vueltas a nombres que pegaran con la imagen distorsionada de su vecina; más allá de un tipo bonito y unos pies bien calzados, no sabía como era. Los golpes habían deformado su rostro. Varias preguntas sacudían su cabeza en ese instante: ¿De qué color serían sus ojos? ¿Y su nombre? … ¿A que sabrían sus labios?

Preso de la duda de repente tuvo una brillante idea, eso le pareció en aquel momento; bajar al buzón y mirarlo. Abandonó la lectura bajando las escaleras de dos en dos. 

En ese momento, en el piso de al lado, ella intentaba que cargara la página que había buscado en google ("premios manzana de oro" era lo poco que recordaba -en el hospital sus padres le habían regalado un libro de relatos. La última historia de aquel regalo le había dado la idea del globo con agradecimiento incluido- al contarle su madre como había conocido aquel titulo en un blog literario que acostumbraba a visitar) ajena al rubor de sus mejillas tras dejar aquella tarjeta a su vecino. Ella si conocía el nombre de él puesto que nada más volver del hospital lo había fisgoneado en el buzón. "Por cierto, tengo que poner el cartelito aún en el mío" pensaba mientras volvía a pensar en su salvador. En un arranque de valentía decidió darle las gracias en persona. Se dirigió a su puerta, pero nadie respondió. Con una sensación amarga de alivio regresó a su piso y decidió ponerse a recoger. Estaría unos días fuera por motivos profesionales y no le apetecía dejar la casa hecha unos zorros.

Durante el descenso, León había seguido preguntándose que nombre le encajaría a su cercana desconocida. Al llegar y mirar el buzón correspondiente se llevó una desagradable sorpresa; no había nada escrito más que: 

Piso 6 Puerta cuatro
Carlos Puglies 

Volvió a subir las escaleras con la misma duda con la que las había bajado. Aún continuaban puestos los datos de los anteriores inquilinos.

En esos momentos, ella se afanaba en pasar la aspiradora. Al levantar el sofá se encontró su libro electrónico. Recordó que al empezar a discutir con Tomy, su ex novio, lo dejó en la mesa baja. "Quizás tras golpearme la primera vez acabó aquí" pensó mientras empezaba a sentir el miedo que le recorrió al sentir aquel primer golpe. "Mi error fue no cambiarme nada más regresar de fiesta con las chicas...", "...porque había salido me reprochó al volver él de fiesta...", "...contestarle...". Los pensamientos brotaban y  las lágrimas empezaron a caer sobre la pantalla del dispositivo. En un descuido se activó apareciendo la portada del libro que iba a empezar a leer aquella fatídica noche.

La luz de la pantalla iluminó su rostro, ya húmedo y salado, mientras recordaba como se había llegado a encontrar con aquel libro. Buscaba material; documentación para un artículo que estaba escribiendo, el primer encargo de su incipiente carrera de periodista,  sobre el Arca de Noé. En aquel momento, al encontrarse, le hizo gracia la semejanza y decidió darle una oportunidad: El búnker de Noé. "Aprovecharé el viaje y me lo termino" pensó mientras lo guardaba en el bolso que iba a llevarse.

Había pasado una semana y León seguía en las nubes, repitiéndose una y otra vez las preguntas en su cabeza. Armado de valor, había llamado a su puerta todos los días, pero en ninguna ocasión había obtenido respuesta. Llegó a temer que se hubiera marchado. De hecho llegó a buscar y hacerse con un ejemplar del libro que aparecía en la tarjeta que le hizo llegar junto al globo rojo imaginando que así se sentiría más cerca de ella.

Iba por la mitad del libro cuando el blanco pálido se adueñó de su rostro. Corriendo, se dirigió al cajón de la mesita del comedor y cogió el papel que había comenzado a escribir aquel día -no había vuelto a abrir el cajón desde entonces- . No podía creer lo que estaba viendo. Las palabras, las que él creía que iban a ser sus últimas palabras, aparecían en ese libro.

El relato continuaba en esta ocasión. León leyó hasta el final, desde el punto en el que él dejó de escribir: 

y vi como entraba gente, en tumulto, a la casa. Hecho una furia comencé a pedir explicaciones; cuando me di la vuelta y me vi tendido en el suelo, no podía creer lo que estaba viendo. 
En el suelo, sobre la alfombra manchada de sangre, me encontraba tendido con un agujero de bala atravesando mi cabeza de lado a lado y una pistola humeante se recogía en mi mano izquierda. 
No comprendía lo que estaban viendo mis ojos; ante mí, yo mismo. El personal sanitario que acababa de irrumpir en casa estaba intentando salvarme la vida; tras unos instantes eternos dieron por perdida la tarea. 
Todavía sorprendido intenté acercarme al cuerpo, no pude evitar sentir un escalofrío estremecedor, tardé unos segundos en reparar en las cuartillas tendidas en la alfombra y bañadas de sangre. Del fondo del papel enrojecido sólo se podían divisar unas pequeñas frases entrecortadas de las que únicamente pude llegar a leer: «. . . siento. . . », «. . . me duele. . . alma. . . », «. . . no...  », «. . . el. . . ruido. . . es. . . Y finalmente: «El sonido fue fuerte y sordo. . . ». 
No recuerdo haber terminado de leer. Con el arma fuerte contra mi sien, apreté el gatillo.

Dejando caer el libro sobre sus rodillas, las lágrimas brotaron desconsoladas limpiando los amargos recuerdos de su alma. Cuando logró recuperar el control; sin conciencia del tiempo transcurrido, ya más sereno, tomó la tarjeta que ella le había dado y escribió a continuación:

¿Cómo te llamas? En realidad, las gracias te las debo yo a ti.  

Al guardar de nuevo los papeles; ahí estaba la pistola, expectante, por primera vez desde aquel día volvían a encontrarse –en ese mismo momento supo que tenía que deshacerse de ella-. Cerró el cajón enterrando el peso que suponía tenerla a la vista.

Quince días habían transcurrido y, por fin, regresaba a casa. Estaba destrozada; un viaje largo, unas horas tempestivas y León dando vueltas en su cabeza. Todo le recordaba a él, incluido ese libro que le acompañaba. Abrió la puerta; la suya, la 04 (nunca le habían gustado los números con una única cifra y siempre que podía hacía lo mismo -al fin y al cabo no alteraba nada-). Al entrar se percató que en el suelo había una tarjeta (él la había pasado por debajo de la puerta con la esperanza de que ella la encontrara) y al leer la pregunta,  no pudo contener la curiosidad, pero sobre todo la risa. Decidida, abandonó las maletas en la entrada y tocó a su puerta dispuesta a materializar el sabor de la fantasía que le había acompañado aquellos días.

León, que se había pasado la tarde leyendo ya estaba terminando la lectura del libro que había dejado a medias, tras interrumpirlo con el que ella le había ‘sugerido’ con su tarjeta. Al sonar la puerta se levantó  y cuando abrió se encontró con aquellos ojos grises acompañando a una sonrisa que le dejaría eternamente hipnotizado. 

-Me llamo Sofía... -le dijo sosteniendo la tarjeta entre las manos. Por primera vez, para toda una vida; él sabría cómo contestar aquella última pregunta que se hizo y  ella conocer a que sabía aquel insistente sueño.

Juan Luis Galán Olmedo


Nota: El siguiente relato lo podrás encontrar junto a relatos de otros autores en el libro solidario, todos los beneficios que genere van destinados a obra social, #sincroniciUdad.



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