martes, 1 de octubre de 2013

CAPÍTULO 1 -NOVELA-

“No hay cura para la maldad al igual que no hay antídoto para el bien.”

Esas palabras secas y rugosas resuenan junto al estruendo de las murallas que caen derrumbadas a mi espalda. Porto en brazos a la mujer que amo; a la que, con dulzura, nombro: Crunia.

Despertó sobresaltado, el sonido de aquellas palabras entrelazadas en aquel extraño sueño aún retumbaban en el interior de su cabeza. Un sudor frío le resbalaba por el cuello mientras marcaba a fuego el dolor que sentía; la respiración entrecortada mostraba el estrés al que estaba sometido desde que se lanzara al vacío. No pudo evitar gritar. 
La mujer, a su lado, saltó de la butaca que usaba como cama improvisada. Pulsó el botón de aviso y de la mejor manera que supo intentó tranquilizarlo. Comenzó a mesar el pelo de su hijo sin  parar de repetir en voz baja:

—Tranquilo cariño, tranquilo…

El muchacho jadeaba, en ese momento no respondía a ningún estímulo del exterior, ni siquiera a la voz de su madre. Tan solo hacía una semana que había regresado al mundo de los vivos. Todo el hospital se encontraba sorprendido y aunque todavía se encontraba visiblemente afectado por los diferentes traumatismos que recorrían su cuerpo, el rumor entre el personal es que la evolución estaba siendo milagrosa. Unas pocas horas antes, habían decidido trasladarlo a planta desde la unidad de cuidados intensivos en la que fuera ubicado desde su ingreso. 

Su padre preguntaba una y otra vez como era posible aquello, nadie supo responder. Cuando los médicos hablaron por primera vez con ellos sobre el estado en el que se encontraba su hijo, el pronóstico emitido había sido explícito: defunción. El impacto, tras cincuenta y siete metros aproximados de caída, contra el empedrado de la base; justo encima de la rosa de los vientos que había trazada en la misma, había provocado que se rompiera un buen número de huesos: las piernas, los brazos, las costillas habían sufrido la peor de las suertes. Además la perforación de ambos pulmones y los riñones gravemente afectados por el impacto junto a las dos heridas abiertas en la cabeza se sumaban a una lista más extensa que excedía, si eso fuera posible, el expediente médico. De hecho, horas después, tras su llegada al hospital había sido declarado muerto, sin que hubieran podido hacer nada por él. Cinco minutos permaneció en ese estado sin que nadie en el hospital pudiera explicar cómo tras ese intervalo de tiempo volvía a la vida. 

La luz de la habitación era tenue, el único sonido presente era la respiración entrecortada del chico mezclada con el sollozo que empezaba a emitir junto a las palabras de su madre intentando calmar a su retoño.

La enfermera entró en la habitación con celeridad encendiendo por completo la luz y, anticipándose a cualquier posible solicitud, procedió a administrar un nuevo vial de relajante. Le haría efecto de manera rápida a través de la vía aplicada en una de sus manos. Tras ello procedió a tomarle temperatura y tensión. Al terminar apuntó los datos en su historial a través de la tableta digital habilitada para ello. El reloj del dispositivo marcaba las 23:15.

—Es un milagro. —expresó en voz baja la enfermera mientras sonreía a la mujer que aún intentaba calmarlo. Esta le devolvió la sonrisa en muestra de agradecimiento.
Según transcurrían los minutos el silencio volvía a la habitación al tiempo que el descanso retornaba a la noche. 


-


Era temprano, las 21:30 según el reloj del coche. Paró en el exterior del perímetro de las instalaciones de la corporación junto a la entrada al recinto. Tras cerciorarse de que portaba la acreditación, esperó, disfrutando del último cigarro de la noche. Cuando exhalaba su última calada  comenzó a escuchar la voz del miembro de seguridad que le daba aviso mientras se acercaba al vehículo. 

— ¡Disculpe! ¡No puede estacionar en la zona! Es zona privada. 

Esperó a que estuviera al alcance de la vista y le presentó la tarjeta acreditativa sonriendo con la misma mueca forzada con la que habitualmente salía en las fotos. 

—Señor Márquez, decida si entra o no, pero no puede permanecer aquí —le dijo de manera más relajada retirando el dedo del gatillo del taser x26 que portaba. Mientras se daba la vuelta lamentaba para sí misma el no poder hacer uso de su arma en ese preciso instante.

— ¿Cuál es tu nombre, Daniela?

Volvió a girarse, posando su mano de nuevo en el arma. Su rostro delataba el desconcierto. Él sin darle tiempo a reaccionar, arrancó y se dirigió a la entrada en el pequeño utilitario para proceder a validar su entrada, no sin antes señalarle con el dedo  a la insignia que ella misma llevaba prendida y en la que se leía claramente su nombre.  Ella respiró aliviada. <<Todo a su tiempo... >>  pensó. 

Aparcó el vehículo en la plaza de garaje asignada y se dirigió a la puerta que daba acceso a la sala. 

Habían pasado algunos años desde que obtuviera aquel empleo y abandonara el ejército: buena paga —sin contar con la ayuda que le prestaban con la enfermedad de su hija—, cómodo, poco exigente y cómo únicos inconvenientes; el número de horas, la falta de días de descanso y el celo por la seguridad que se respiraba. <<A todo se acababa acostumbrando uno. >> <<Además cualquier cosa mejor que estar lejos de la pequeña. >> pensaba mientras tocaba el escarabajo egipcio que le regalara su esposa cuando fue destinado a Afganistán.

Nada más ser contratado entendió que no era inteligente preguntar más de lo que le decían a uno, ni ir a más sitios de los que te indicaban; algo a lo que, por otro lado, estaba acostumbrado. Obedecer órdenes siempre se le había dado bien. 

Tras dejar todos los  aparatos electrónicos en la caja de seguridad  de la entrada accedió, a través de la puerta blindada, a control. El escáner de retina había validado su presencia. Era una de las tres personas con permiso para poder entrar en aquella habitación.

—Marc, eres un poco cabrón, lo sabes ¿no?

— ¡Venga Márquez!, tenía que probar el nivel de la nueva, ya sabes que ni nosotros estamos por encima de las normas —dijo en tono de burla.  

—Sabías que era yo de sobra. 

—Eso lo dices tú —comentó mientras le guiñaba el ojo.

—Pobres novatos, cualquier día vas a hacer que les de un infarto. Por cierto, está buena la muchacha. No es habitual ver un buen par de tetas por aquí.

—Mantente alejado, sabes que no es bueno mezclar trabajo y ‘ocio’. —observó mientras realizaba un movimiento obsceno con la pelvis. 

—Ni se me había pasado por la cabeza —dijo mientras apartaba las imágenes lascivas de su cabeza…  — ¿Alguna novedad?

—Sí, ni lo pienses. No, nada reseñable, todo tranquilo como siempre.

—Ok, da recuerdos a Karen.

—De tu parte —se escuchó mientras la puerta se cerraba.

En las pantallas del frontal se mostraba el mosaico de vídeos que las cámaras de seguridad emitían en ese momento del perímetro de la instalación seleccionada. La elección se realizaba a través de un  mapa virtual del mundo dividido en secciones coloreadas —verde, ámbar y rojo— que reflejaban las zonas donde la corporación tenía sus intereses y por lo tanto, la capacidad de controlar dicho terreno de manera operativa en más o menos tiempo. De hecho en eso consistía su trabajo, el oficial; monitorizar y dar aviso al personal de seguridad armado para intervenir ante cualquier situación anómala en cualquiera de las instalaciones que la corporación tenía distribuidas por el mundo. 

Últimamente las zonas verdes predominaban, las zonas ámbar iban desapareciendo y solo un sector, que ellos denominaban alpha, se encontraba aún en rojo. Pulsando  sobre una determinada sección, sobre  la pantalla táctil presente en el escritorio, podía acceder a información de los diferentes intereses que la corporación tenía en la zona y además podía acceder a los sistemas de seguridad de dicha instalación concreta tal y como accedía a los de la central, donde él se encontraba en ese momento. 

Sobre la mesa, además, había desplegado un mapa tridimensional de la instalación; previamente  marcada, en tiempo real, donde se podía observar el movimiento de todas las personas, personal o no, que había en su interior. El sistema tenía registrado a todos a través de las tarjetas de presencia.  Ni siquiera estaba permitido; excepto a la Señora, cómo le gustaba ser llamada, estar más tiempo del asignado. No ir identificado, o no estar en las áreas permitidas podía ser peligroso para la salud física y mental del desgraciado de turno. Los taser que llevaba el personal de la entrada y en el interior de las zonas públicas eran minucia en comparación a los G36 que llevaban los guardias en los niveles inferiores, como ellos los definían. Al comprobar que, efectivamente, todo estaba en orden, se dirigió a la máquina de café dando por inaugurada la jornada. 


-


La luz del faro, en el horizonte, entraba precisa y exuberante por el ventanal del despacho precediendo a la oscuridad que permitía la noche. Conocía de sobra la cadencia oficial —veinte segundos por ráfaga, cuatro destellos blancos—, pero la magia era que en ese instante, a lo largo de veinticuatro millas, la luz vencía a la noche, el guía alumbraba el camino. 

Sentado en la butaca observaba despreocupado el paisaje de la bahía convertida en un mosaico de luces a un lado, en contraste con la oscuridad del océano al otro. El sonido del mar y la luz de la luna, siempre que esta última hiciera presencia, eran los únicos compañeros fieles noche tras noche. Ellos y un whisky escocés, un dalmore selene, que con su mano derecha movía con paciencia, paladeándolo a idéntico ritmo. 

De repente el sonido de una alarma se disparó, justo en el momento en el que disfrutaba de un trago del preciado líquido que se derramó al suelo, no sin antes saltar por la superficie de una cuidada y perlada barba. 

— ¡Mierda!, ¡pero qué demonios! —escupió en voz alta mientras se dirigía al escritorio. 

‘Expediente 1604GR’ era el texto, en rojo sobre fondo verde,  que aparecía  en la imagen. 
No podía dar crédito a lo que estaba viendo. Cuando insertó aquel algoritmo en el programa de la red de hospitales públicos del país, bastantes años antes, pensó que era un intento desesperado por encontrarle; aun así, se había dicho en aquel instante, no tenía nada que perder por intentarlo. 

Ser el propietario de la empresa que ‘ganara’ el concurso público para la digitalización y mantenimiento de los sistemas informáticos, hardware incluido, del sistema de salud del país le había permitido mantener oculto aquel  troyano durante aquellos años. Aquella puerta trasera continuaba parpadeando frente a él. <<Queda claro que el diseño gráfico no es lo mío. >> pensó en ese momento mientras se sentaba raudo frente al teclado y accedía al expediente. Al pulsar sobre la ventana en cuestión se abrió un acceso remoto a los sistemas del hospital desde el que, escondido en las tripas del sistema, su código había hecho saltar aquella alarma. En pocos minutos tenía frente a él un expediente. En concreto el que había activado aquel dichoso ruido. Activó el mute y ya en silencio comenzó a leer: diecisiete años… << la edad coincide>> pensó. La última actualización del expediente se había realizado una hora antes, a las 23:15. 

Estudió tranquilamente toda la información y tras examinar los datos supo que tenía que realizar una visita en persona; podría ser él. El reloj parpadeaba mostrando las 4:00. Tendría que esperar a una hora prudente para ir al hospital y confirmar las pocas dudas que albergaba. Antes de irse a la cama, dejó escrito en la libreta: 

Jesús Oliva –Habitación 313-


Juan Luis Galán Olmedo

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