viernes, 11 de octubre de 2013

CAPÍTULO 2 -NOVELA-

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Siempre volvía a ellas, aquellas palabras la seguían atormentando: La prominente y brillante danzarina caerá el día que renazca la pureza.  Contemplaba el vacío desde la ventana de su despacho en lo más alto de aquel inmenso rascacielos mientras continuaba meditando.

Durante mucho tiempo había hecho todo lo posible por cumplir la profecía que su padre le descubriera aquel fatídico y ya lejano día. Años atrás creyó haberlo conseguido al poder quedarse embarazada por segunda vez en su vida, pero no fue así y había perdido por ello más de lo que nunca jamás reconocería. A pesar de todo habría logrado recuperarse y mantener el control sobre su destino, uno que creía suyo y que tenía trazado en un intento de recuperar el esplendor de aquella época perdida. En su familia la constancia era parte del legado <<Gradatim ferociter>> se repetía una y otra vez a sí misma.  Ya recuperado su escalafón en lo más alto de la pirámide debía de evitar volver a precipitarse tal y cómo le sucedió a su padre.

Señora, necesito que firme estos documentos. le dijo su secretario al entrar al despacho.

Déjalos sobre la mesa, ven en unos minutos a por ellos. Voy a descansar un rato dijo sin girarse.

Su secretario obedeció. Colocó el cartel labrado con el nombre de su Señora donde se podía leer:
María C.

Al cerrarse la puerta, ella se  giró y levantó en sus manos la foto que presidía el escritorio. Se observaba a un bebe al que daba un cálido beso bajo la apariencia de su anterior rostro. En un acto reflejo repitió ese gesto sobre el frío cristal y volvió a colocar la imagen en su lugar.

Al leer el  contenido de los papeles que tenía que firmar, sonrió. Era lo último que necesitaba para terminar de hacerse con el control de la única zona en la que no operaba, alpha. Para ella, además, suponía regresar al origen de sus raíces. Firmó los documentos uno por uno y justo antes de solicitar a su ayudante que enviara copia de los mismos por fax, realizó una llamada de teléfono.

Márquez, activa el protocolo para alpha. Quiero estar operativos en la zona en tres meses máximo.

Procedo ahora mismo. ¿Distribuyo?

¡No! Amplia, desplaza a nuestros mejores hombres y cubre sus bajas en los puestos actuales. Necesito, además,  que en esta ocasión operes en persona sobre el terreno.

―¡Ok!, respecto a lo de operar sobre el terreno mi hija sin poder continuar fue  interrumpido por María.

Creo que a Andrea le vienen mejor los cuidados que le ofrecen mis médicos que un padre. ¡Solo son tres meses!

―No era necesario amenazar, Señora.

―¡Márquez, no seas idiota! No tengo que contarte lo que sucedería si lo fuera.

Con  voz de resignación Márquez contestó afirmativamente mientras golpeaba el escritorio, en ese instante solo escuchaba el característico sonido del teléfono tras ser colgado.

Un agradable sentimiento de placer recorría a la Señora en esos momentos. La corporación, su creación, disponía de intereses en sectores financieros; empresas biomédicas, farmacéuticas; de armamento, alimentación, educación, sistemas electrónicos y otras muchas ramificaciones. En un primer vistazo todo era legal, pero en realidad todo lo que le interesaba estaba fuera del control de las autoridades competentes.

Durante años había luchado por implantar un modelo de control a través de la adquisición sistemática de sectores, que sabía claves. En las últimas décadas había conseguido que su organización se hiciera con  todos ellos, aunque para eso la propia organización y ella misma tuvieran que operar en la sombra.

Todo había sido más sencillo últimamente gracias a lo que los demás denominaban los mercados. La crisis aceleró el desmantelamiento del sector público, donde existiera, en todo el mundo. Circunstancia que había sido aprovechada con suma eficacia por su organización.  Aunque la Señora sabía que aprovechar era un término que usaban los que permanecían en la ignorancia.


-


Al amanecer, cómo era habitual en él, José Cruz se levantaba de la cama. Tras dar respuesta a lo que consideraba más urgente en su abarrotada cuenta de correo electrónico, realizó sus diez kilómetros diarios. Un ritual más en su vida. Al volver se daría una ducha y se sentaría en el despacho su lugar de reflexión favorito- a disfrutar de la panorámica mientras desayunaba. Luego, la rutina. Inmerso en ella, frente a la pantalla del ordenador de su despacho revisó uno a uno los mensajes que quedaban por contestar. Detenido en uno, suspiró con alivio <<He tenido suerte>> pensó. Se le indicaba la inminente privatización de la red de hospitales públicos. En el texto era invitado a una reunión donde se discutirían los términos del acuerdo al que deseaba llegar la nueva empresa propietaria.

<<Tengo que borrar las huellas del sistema antes de que nos reunamos. No sea que no renueven el acuerdo.>> pensó en ese momento mientras apuntaba la tarea en su agenda. El resto de la mañana la pasó en la cocina, una de las actividades a la que dedicaba su tiempo.

Inmerso en faena meditó sobre la suerte que le había acompañado semanas antes cuando tuvo que acudir al hospital para comprobar aquella inusual alerta. Creyendo haberlo encontrado sabía que había actuado de manera torpe y precipitada. A pesar de los años de experiencia no cayó en ese momento en buscar una tapadera; una excusa, que pudiera contestar a la pregunta más lógica que le harían al presentarse allí:“¿Quién es usted?

Los años no le habían hecho perder los reflejos y aunque de manera poco usual y algo torpe, pudo salir del paso ante dicha cuestión y confirmar sus sospechas. De manera milagrosa afianzó su presencia en la vida del chico, aunque para la ocasión tuviera que desempolvar uno de sus rancios títulos académicos <<el de psicólogo, ni más ni menos>> pensaba mientras sonreía. 


-


Hacía pocas semanas que Jesús despertaba con aquellas palabras, No hay cura para  al igual que...,  retumbando en su cabeza. Las visiones, repetidas en cada uno de aquellos sueños. 

Como todas las noches se incorporó sobresaltado, tardaba unos minutos en recuperar la conciencia; despertar ya no era tan sencillo como levantarse.  A pesar de todo había encontrado una manera de sobrellevarlo. Un paseo en la madrugada le hacía olvidar las horas de descanso perdidas. 

Del hombro colgaba su inseparable mochila, en la cual llevaba un cuaderno de notas en el que apuntaba todo lo que pasaba por su cabeza. Si no fuera una costumbre nueva y alguien hubiera fisgoneado meses antes en sus páginas quizá todo hubiera sido distinto; al no ser así, tenía que acudir una vez a la semana a la consulta de un psicólogo. Desde que aquel extraño apareciera en su vida, era un ejercicio de carácter obligado escribir en aquella libreta.

Se dirigió a la torre, su compañera de vigilia. Una vez allí sentado junto a la fría pared sentía el azote del aire en su rostro mientras las olas golpeaban a sus pies. La luz del faro iluminaba la bahía de manera intermitente. A unos metros una mancha de sangre aún permanecía, a pesar de los evidentes esfuerzos por ser eliminada, como recuerdo de aquel momento en el que tomara aquella decisión. Jesús escribió sobre el papel la extraña visión de aquella noche:

"Quizá esté loco, lo sé, pero no había otra manera de conseguirlo. Salté sin pensar en las consecuencias.

Tras mi traspiés con Crunia en el castillo,  llevaba días intentando esquivar las fauces de los perros de presa y las flechas de los arqueros. El galope de los jinetes me dejaba sin escapatoria por momentos, eran más rápidos tapando las posibles vías de escape y al final me vi acorralado en el bosque.  Era un cuerpo exhausto, una mente cansada; días sin poder dormir, alimentándome con lo poco que podía encontrar, habían afectado a mi sentido común. Cuando vi el fuego creí ver al mismísimo Satanás buscándome; Gerión: señor de aquellas tierras, se había vuelto un demente y había dado orden de quemar el bosque conmigo dentro. Huí como cualquier animal haría, desesperado, refugié mis huesos en una caverna que encontrara en el interior. El fuego no podía seguirme, pero no caí en que los soldados sí.

Cuando desperté oyendo a lo lejos acercarse el ruido de los cascos de los caballos y el ladrido de los perros supe que debía adentrarme en la oscuridad de la cueva y rezar, para que el destino no me traicionara. Al ver el borde del acantilado, sin opción a volver tras mis pasos maldije al destino. En ese momento salté.

No recuerdo mucho más tras el impacto contra el agua, imagino que me desmayé antes; quizás me golpeara en la pared del acantilado."

No puedo creer que esté contándole esto. Agradezco que me encontrara y pudiera ayudarme. ¿Cuánto llevo en su hogar?

Cerca de treinta días, las heridas eran graves. Has tardado en recuperar plenamente la conciencia. Muchas veces te has levantado entre sudores y gritos, de dolor... de miedo. Es lógico en el proceso.

En cualquier caso, gracias por salvarme la vida dije, intentando incorporarme.

No me las des a mí, dáselas a mi hija; fue ella quien te encontró, se apiadó de tu cuerpo y decidió traerte a nuestra casa. No me gustó la idea, pero ella insistió en que podrías llegar a ser uno de los nuestros. No se equivocó.

—¿Uno de los suyos?

Cuando llegaste estabas muerto, solo te quedaba un halo de vida y la única manera de salvarte era desprenderte de lo que te hacía mortal: tu alma. De manera que te limpió las heridas, te mantuvo con vida alimentándote con su sangre y en el momento en el que esta recorrió tu cuerpo, lograste resistir, ciertamente eres fuerte muchacho, te convertiste en uno de nosotros.

No entendí sus palabras hasta que vi mi reflejo en un espejo que tenía en sus manos. Tardé en reaccionar, pero los ojos que vi no eran los que recordaba, parecían los de una bestia. Sin duda era yo, aunque no me reconociera.

Tranquilo, es normal que no termines de reconocerte, lleva su tiempo. Te puedo asegurar que vas a disfrutar de esta nueva oportunidad. El destino te ha dado la posibilidad de vengarte si así lo deseas, pero antes deberás de volver a aprehender de lo que eres capaz en este nuevo estado.

Ven conmigo y te presentaré a mi hija, ella será quien te guíe, por algo compartís, ahora, la misma sangre. 

—¿Cuál es tu nombre muchacho? 

Heracles 

Al cerrar los ojos en un intento de recordar algún detalle más, acabó perdido mientras se imaginaba junto a Eva. El mayor punto en común con el hombre de sus sueños era que también amaba a alguien, aunque, en este caso, su amiga no lo supiera. El inicio del día y todas sus obligaciones darían por concluidas sus fantasías. 

Juan Luis Galán Olmedo

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