viernes, 18 de octubre de 2013

CAPÍTULO 3 -NOVELA-

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La sirena de entrada al instituto comenzaba a sonar cuando Jesús entró precipitado en el recinto. Él no lo sabía aún, pero aquel día todo cambiaría de rumbo.

Por la mañana, el Zampa, que era como llamaban entre ellos al profesor Emilio, lo castigó a pasar el resto del día de clase en el aula de castigo. En realidad le había recompensado. Su castigo le permitía evadirse de la rutina y además compartir espacio y tiempo con Eva. Le daba igual tener que pasar el resto del día allí o el aviso a sus padres si una de las condiciones era estar junto a su amiga.

―Gracias por la ayuda ¿cómo estás? ―dijo ella, cuando quedaron a solas en la sala de castigo.


―Un poco cansado. Creo que no debí meterme, veo que sabes cómo arreglártelas ― respondió él mientras giraba dejando caer la mochila al suelo. Se sentó frente a la mesa y ella sonrió cambiando de tema.


— ¿Todavía sigues sin dormir bien?


—Sí.


—Deberías quitarle importancia y no permitir que te quite el sueño, siguen siendo tus padres.


―No es... Prefiero no hablar sobre eso, Eva ―La sonrisa se esfumó de su rostro mientras terminaba de hablar.


―Como prefieras ―dijo ella retomando el libro que había encima de la mesa sin querer insistir.


El silencio se hacía incómodo por lo que no tardaron mucho en retomar la conversación.


― ¿Qué lees?


―Pensé que no querías hablar; Treinta postales de distancia se llama. Bueno, en realidad, su versión en inglés.


― ¡Pfff!, un libro, y encima en inglés. ¿De qué va?


― ¡Oye! –le dijo mientras le daba un empujón haciéndole tambalear sobre la mesa donde se había sentado. ―Es una novela romántica.


― ¡Madre mía, un culebrón!


― ¡Idiota!, ya te gustaría a ti vivir un ‘culebrón’, cómo tú dices.


La expresión en la cara de Jesús mostró sorpresa ante el comentario y sin querer ahondar en la apreciación de su amiga, no quería mostrarse tocado por sus palabras, derivó la conversación alrededor de las últimas noticias del instituto, a él le daban igual aquellos rumores pero sabía que ella los disfrutaba. “Alma de periodista”, aclaraba Eva, cada vez que él preguntaba.

Cuando sonó la alarma, ambos se sorprendieron de lo rápido que había pasado el tiempo. Ella le pidió si la acompañaba a casa; él blasfemó al no poder,  muy a su pesar tenía que acudir a la sesión semanal con “el rey”, como él lo llamaba aunque a Eva no le contaría la verdad.

Resignado, pensando aún en la oportunidad perdida, caminó a lo largo del pequeño paseo marítimo tras bajar del taxi que le dejaba en la zona del castillo.  Jesús disfrutaba de las vistas de la playa que se enfrentaba a la pequeña isla y el sonido de la marea comenzando a recobrar el terreno perdido.

El acceso al islote era peculiar, se hacía a través de un puente de madera instalado no hacía tantos años. Antiguamente solo se podía acceder a pie cuando la marea estaba baja y dejaba al descubierto la arena en los pocos metros que separaban la isla de la playa en tierra firme. Jesús pensaba que la comodidad de los tiempos modernos le había quitado uno de sus mayores encantos. En bajamar aún se apreciaban las escaleras de piedra que daban acceso a los jardines exteriores y que bajo la pleamar eran cubiertas prácticamente en su totalidad por el agua salada. El único acceso en esos momentos en el que el mar recuperaba su espacio era a través de pequeñas embarcaciones si uno no quería sentir la helada caricia del agua.

Cuando llegó a la entrada observó con curiosidad el buzón. La mayoría de las personas solo leerían: José Cruz V. No ponía nada más, pero a él ya le parecía poco habitual disponer de un buzón de correos en la entrada de un castillo emplazado  sobre una isla y situada a pocos metros, poco más de ciento cincuenta, de la península.

Nadie podía imaginar que en aquel  lugar pasara consulta un psicólogo. Ni siquiera Jesús; que años atrás, desde que visitara por primera vez con su padre la zona, había deseado entrar, conocía aquel detalle hasta el día que “el  rey”, se presentó en su habitación del hospital.

Sus padres le habían contado que con su característica barba perlada, José había ido ese día a visitar a un familiar. Fruto de la casualidad oyó a unas enfermeras hablar sobre él. El psicólogo intrigado decidió preguntar y al final se animó a acudir a la habitación 303. Jesús no recordaba nada, pero sus padres, rellenando vacíos de aquellos días en su vida,  le contaron que aquella mañana misma, tras hablar los tres de lo sucedido y justo antes de marcharse les dejaría una tarjeta de visita invitándoles a acudir a su consulta. La recomendación médica de recibir apoyo psicológico a su alta, junto al buen precio que les había hecho, terminó de convencer a sus padres de que sería la mejor opción para su hijo.

Aún recordaba el día que acudió a su primera sesión; obligado, sin saber a dónde le llevaban ni para qué. Todas las reticencias se disiparon cuando vio que aquella sería la excusa perfecta para poder visitar aquel extraño lugar que siempre le había fascinado. Puesto que tenía que seguir terapia, al menos sacaría algo a cambio.

A partir de ese momento, al menos una vez a la semana tenía que ir a su sesión con “el rey”, su psicólogo. Era el precio que debía de pagar por haber intentado quitarse la vida.

José le vio llegar a través de las cámaras de seguridad. Sonrió al ver cómo el chico accedía al castillo sin hacer uso del puente, parecía que el muchacho disfrutaba más del antiguo paso, al igual que él, a pesar de que los últimos metros le obligaran a descalzarse para no mojar el calzado. <<Curiosa coincidencia…>> pensó.

Al llegar al portalón, Jesús se detuvo en el escudo que tanto le había llamado la atención en su primera visita. Una pequeña ave con las alas extendidas se superponía a  las dos lanzas que se cruzaban. En la parte inferior algo que no sabía identificar y en el borde una inscripción que no podía leer al completo por el desgaste de la piedra: N.sc...ia ne.at

Él seguía convencido, aquel escudo era la viva imagen del que había podido ver en uno de sus sueños. Ese, desde el primer día que lo vio, era otro motivo más por el que debía de continuar acudiendo a la consulta con el señor Cruz.




Juan Luis Galán Olmedo

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