viernes, 25 de octubre de 2013

CAPÍTULO 4 -NOVELA-

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—Buenas tardes. ¿Qué tal el paseo hoy? —le dijo sentado en su despacho mientras  el chico entraba.

—Bien, bien.

—Bueno, cuéntame, ¿Qué tal estás?

—Pues, como siempre.

—Si fuera así no haría falta que vinieras aquí todas las semanas y por lo tanto no estaríamos hablando en este momento ¿No crees?

—Si lo ve así. Hoy volvieron a castigarme, le he dado un buen golpe a un listillo.

— ¿Y en esta ocasión a que se ha debido?

—Se estaba metiendo con Eva y no he podido evitarlo.

—No has podido o no has querido.

Mientras meditaba la respuesta se sentaba en la silla al otro lado del escritorio.

—No he querido.

—Tendrías que aprender a controlarte ¿no crees?

—Ya le dije que antes no era así, pero desde lo del hospital.

—Me suena a excusa, ya te lo dije. Ahora que lo comentas. ¿Podrías volver a contarme qué pasó aquel día exactamente? ¿Qué demonios pasó por tu cabeza para acabar allí?

Jesús volvió a relatar, desde el comienzo,  lo sucedido. Por lo visto en clase de biología, unos días antes del incidente el tema que estudiaron fue la sangre. Datos y más datos; flujo, cantidad en el organismo humano, composición, grupos, etc. Un aburrimiento si no hubiera surgido la propuesta de hacer una prueba empírica que despertó el entusiasmo de todos.

Se les pidió que averiguaran el grupo sanguíneo  de sus padres y en la siguiente clase, ellos  averiguarían el suyo. Un amigo  de la profesora, médico, iría y tomaría una muestra a cada uno de ellos. Así podrían valorar sobre el terreno algo de lo que habían aprendido durante aquella lección.

A toda la clase le pareció buena idea, sonaba divertido y se salía de la rutina. Él también quiso participar de manera que  preguntó a sus padres. Ellos le dijeron que desconocían su grupo sanguíneo pero tras una conversación con Eva, habían llegado a la conclusión de que  si sus padres eran donantes, debían de saber su grupo sanguíneo. “Tengo suerte” pensó él cuando efectivamente en los carnets de donante de sangre de sus padres, que encontró al fisgonear en las carteras de sus progenitores, aparecía el grupo al que pertenecían.

Ese día en clase casi todo el mundo tenía lo que necesitaba. Uno a uno fueron por la mesa de la profesora y se les iba realizando la punción que permitía obtener la muestra de sangre que les permitiría conocer su grupo sanguíneo.

Jesús se sorprendió al ver que Eva no participaba y se acercó a preguntarle.

—Eva, ¿no vienes?

—No, no me interesa.

—Si es solo un pinchacito, no duele. —le dijo en tono jocoso.

— ¡Déjame en paz!, te he dicho que no me interesa ―dijo mientras giraba con brusquedad dándole la espalda.

Llegó el turno de Jesús, el médico le apunto su tipo en un sobre cerrado y regresó a su lugar. Cuando terminaron todo, la profesora les pidió que, si lo deseaban en ese momento, podían comparar los tipos de sus progenitores con el suyo y ver como todo lo explicado al respecto tomaba forma.

—Así que abrí el sobre y ¿a que no sabe lo que me encontré?

—Te estoy escuchando, no pretendo ser adivino.

—Que mi grupo sanguíneo es O-

—Un donante universal, es bueno saberlo. —comentó en voz alta para sí mismo José. —Pero no me aclara mucho.

—Sí, universal. — dijo con sarcasmo. —El problema es que mi madre es AB- y mi padre es A+

En el momento en que Jesús leía el contenido del sobre su rostro mostró la sorpresa que empezaba a digerir. Creyó que nadie a su alrededor se había percatado del blanco que se había apoderado de él. Decidió cerrar el sobre e intentar aclarar ideas sobre lo que acababa de descubrir.

José en esos momentos pensaba que sin duda no había sido la manera más óptima de enterarse de su origen <<Nunca debió de haber pasado así. >> pensó.

Jesús continuaba sentado en la silla del despacho del psicólogo mirando a través del ventanal en dirección al faro. Llevaba varios minutos recordando el vacío que había sentido el día que supo que nada de lo que había vivido hasta ese momento era real. ¿Cómo podían haberle ocultado algo tan importante? ¿Quién era?

—Cuéntame más, aún queda tiempo. ¿Cómo te sentiste? —Mencionó en voz alta el psicólogo intentando retomar la conversación.

El muchacho se giraba  mientras intentaba dejar atrás los recuerdos de aquel día.

—Como si me hubieran traicionado. ¡Mis padres! O al menos, los que yo creía que eran mis padres.

—Lo siguen siendo, ¿no crees?

Unas lágrimas comenzaban a deslizarse por su mejilla con lentitud como si, a su paso,  intentaran ralentizar aquellas palabras mientras su mente lo transportaba al pasado.

Aquel fatídico día al salir de clase decidió ir caminando a casa desde la escuela. Eva quiso acompañarle, pero en ese momento deseaba estar solo, ni siquiera la quería a ella cerca de él. Cuando ella le insistió en ir juntos y hablar de un tema que quería comentarle, Jesús le extendió los papeles con los grupos sanguíneos perdiéndola de vista.

Al llegar a casa no encontró a nadie. El vacío que  sintió en ese momento solo lo podían llenar las lágrimas, pero no fueron suficiente consuelo.

—No puedo José, no puedo continuar.

—Tranquilo, muchacho. Entiendo que no es fácil revivir aquel día, pero entiende que necesito conocerte a ti y lo que sucedió para poder intentar ayudarte a avanzar.

—Ya sabe lo que hice. ¿Qué más da como llegue a ello?

—No da igual, pero más importante es el por qué decidiste suicidarte. Pudiste haber muerto.

—Para eso lo hice. ¡No debí de despertar nunca!, aquello fue la gota que hizo que rebosara todo. El mundo era una mierda. No sé ni como llegué a lo alto del faro. Lo primero que recuerdo tras despertar en el hospital es aquel sueño.

— ¿Fue igual que el que me contaste el otro día?

—¿El que finalizaba con el nombre de Crunia? No, este era distinto, creo que continuaba o era sobre lo mismo, no lo tengo nada claro la verdad.

—Pues nada, aún tenemos tiempo, soy todo oídos.

Jesús le narró la visión tal y cómo aquella mañana la había escrito en su cuaderno a los pies del faro antes de acudir a clase. Al concluir.

—¡Vaya!, ¡Es un buen sueño! ¿Qué crees que significa?

—¿Significar? ¡Sólo es un sueño! Aunque desde entonces no hacen más que desvelarme por las noches.

—Volvamos a lo principal, entonces — <<Aunque no sabes lo importantes que son, muchacho. >> pensaba José mientras animaba al chico a continuar hablando.

—Poco hay que contar. El mundo era una mierda y mis padres eran lo único que impidió que lo hubiera hecho antes, les quería demasiado para hacerles pasar por eso. Aquel día todo se desmoronó, ya está, solo eso.

— ¿Te das cuenta de que estás hablando en pasado? —le dijo sonriendo.

—Bueno, las cosas han cambiado, no sé por qué, pero han cambiado.

—Hay que ver lo que hace una falda ¿no? —Ambos rieron ante el comentario realizado por el psicólogo.

Ojalá. No, no es eso. Nada ha cambiado entre nosotros. Diría que morir o estar a punto de estarlo lo cambia todo. —dijo Jesús ante el silencio de José justo cuando el tiempo de consulta concluía.

Antes de salir del despacho observó por última vez el escudo, idéntico al del portón, que bellamente labrado en plata, presidía la habitación. 

—¿Qué pone en el escudo?—preguntó Jesús.

—Sí, es un lema familiar: Nescencia Necat —respondió mientras acompañaba a Jesús a la entrada. En la salida se despidieron hasta su siguiente encuentro.

—Por cierto Jesús, antes de irte. ¿Te importa venir mañana a la tarde? Tengo que hacer unas gestiones la semana que viene y así adelantamos la sesión.

—No, no hay problema. No tengo nada mejor que hacer —dijo el chico despidiéndose.

—OK, mañana a la misma hora, entonces. Y no te metas en líos. — le dijo mientras se escuchaba el chirriar de la puerta principal al cerrarse.

Con tranquilidad abandonó la consulta disfrutando de ese momento en el que era capaz de intuir todos los secretos que se esconden en los diferentes rincones de aquel edificio.

Al llegar al exterior apresuró su paso hasta llegar al portón de acceso, mientras continuaba pensativo repitiendo aquellas palabras <<Nescencia Necat>>. Observó nuevamente el escudo << ¿Cómo es posible que sea idéntico al que veo en alguno de mis sueños?>> << ¿Tendrá algún significado?>> pensó. Sin ser capaz de resolver el misterio se dirigió a casa dispuesto a buscar y encontrar una respuesta, sin llegar a ser consciente de que quizás fuera la respuesta quien le encontrara primero a él.


Juan Luis Galán Olmedo

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