viernes, 15 de noviembre de 2013

CAPÍTULO 6 -NOVELA-

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—¿Ya se marcha señor? 

—Daniela por favor, no me trates de usted que me hace más mayor.

—Disculpa Marc, la costumbre. —menciona mientras sonríe.

—Tranquila, si me voy un poco antes que debo de renovar el carnet de identidad.

—Si no es indiscreción, ya que debo hacerlo yo también. ¿Sabe si cobran al hacerlo por cambio de dirección?

—¡No!, justo voy a renovarlo por eso y me dijeron que en ese caso era gratis. Un gasto menos. 

—Genial, es bueno saberlo. Que sea un buen día.

—Igualmente, nos vemos mañana.  Os dejo en manos de Márquez. Sed buenos.

Daniela mira a su compañero y se sonríen mientras ven desaparecer  el deportivo de su superior alejándose de las instalaciones de la corporación.



-



La noticia había caído como una bomba sobre toda la clase, pero Jesús sintió como si el mundo se hubiera hecho pedazos. Estaba sumido en sus propios pensamientos, recordando su encuentro con Eva del día anterior, intentando digerir la noticia cuando lo qué escuchó de boca del profesor le sacó de él mismo.

— ¡Espere!¡Repita por favor!

El profesor sorprendido repitió.

—La madre de Eva nos ha pedido que si alguno de vosotros puede, su hija necesita una transfusión de sangre urgente y por lo visto en el hospital están bajos del grupo sanguíneo de vuestra compañera, B-, un grupo muy raro al parecer…

Sin dejarle de terminar de hablar Jesús salió corriendo del aula. Desesperado, a la carrera, no se dio cuenta de que el director caminaba justo delante y acabó golpeándose con él. 

— ¡Muchacho!

— ¡Perdón! Voy al hospital a lo de Eva. —jadeando recuerda en ese instante que no ha escuchado el hospital en el que se encuentra — ¿En qué hospital está, Director?

— ¡En el Virgen de la Esperanza! ¡Y ten cuidado, que te vas a matar!

— ¡No!, ¡tranquilo, ya lo intenté! —dijo sin pensar en lo que decía mientras continuaba la carrera.

Al salir a la calle buscó un taxi que le llevara rápidamente hasta allí.

Cuando llegó  preguntó en recepción por la habitación de la chica.

—Está en cuidados intensivos, no puede pasar nadie a verla. 

— ¡Pero, es que tengo que verla, he venido a donar sangre para ella! ¡Eva! —gritaba desesperado. 

—Tranquilo, puedes realizar la donación en la unidad de transfusiones y si la necesitan llegará a ella. Tranquilízate.

— ¡No puedo tranquilizarme! ¡Eva es mi… amiga!

Al escuchar el nombre de su hija, una mujer se dirigió al muchacho.

— ¿Jesús? —dijo mientras le tocaba en el hombro. 

Al girarse incómodo ante el contacto de la mujer, se relajó en el momento en el que le miró a los ojos.

—Perdón ¿me conoce? 

—Mi hija me habló de ti, veo que eres tal como me describió —le comentó mientras le sonreía.

—¿Su hija?

—Eva —le dijo sonriéndole.

 — ¡Ah! ¡Es usted la madre de Eva! ¿Cómo está? 

—Tranquilo, Jesús, te va a dar algo. Sí Jesús soy su madre, Eva, encantada.  Ella está en cuidados intensivos como te ha dicho la enfermera. Está bien. Hay que esperar, pero es fuerte, seguro que sale de esta.

—Si, si, encantado. ¿Cómo esta tan segura? Parece muy grave. 

—Tengo esperanza. Este es un buen lugar para tenerla —sonríe al muchacho —Sé que todo saldrá bien. 

Jesús rompe a llorar y Eva le recoge en sus brazos brindándole consuelo. En silencio en el centro del hall, el muchacho comienza a recuperar el aliento tras haber perdido la compostura. 

—Disculpe, seguro que es lo que menos necesita en estos momentos. 

—No te preocupes, y trátame de tú, hazme el favor. Soy vieja, pero no hace falta tanta formalidad—le dice mientras le guiña un ojo. 

—No, tampoco quería que entendiera eso. —El rubor se hace notar en su rostro —¡Ostras! La donación de sangre, tengo que ir a donar. ¡Me dijeron que necesitaba…!

Ella le coge de la muñeca de manera firme mientras él se levanta para dirigirse a la unidad de transfusiones.

—Ya no es necesario, han podido realizarle la transfusión. No te preocupes y relájate. Otro día, con más calma, la realizas. La sangre siempre les es necesaria. —le indica mientras nota como Jesús cede y vuelve a su lado. 

— ¿Cómo fue? ¿Qué le pasó?

—Un accidente, ayer fuimos de compras las dos y al final de la tarde, Eva me pidió que me adelantara, que quería hacer un recado. Imagino que querría comprarme un regalo, mi cumpleaños es el sábado. 

—Vaya, lo siento. 

— ¿Sentir?, tampoco es que cumpla una centena —bromeó con el muchacho. 

—No, no me refería a eso. 

—Sé a qué te refieres,  tranquilo. El caso es que la policía me llamó a casa y me dijeron que había sido trasladada aquí tras sufrir un atropello. Imagínate. Cuando llegué me contaron que estaba en cuidados intensivos porque presentaba un neumotórax y algunas fracturas en ambas piernas.

— ¿Qué dicen los médicos?

—Los médicos no conocen a mi hija, sé qué saldrá de esta. 

—Se la ve muy segura. 

—¿Sí? Lo estoy. He podido entrar a verla, me han dejado unos minutos de manera excepcional  y le he dicho que tiene que ser fuerte. Estoy segura de que me ha escuchado. —le dice mientras sonríe al chico. 

Sorprendido ante la seguridad de la madre, mira el reloj de la pared del hospital y se acuerda de que tiene consulta esa tarde con “el rey”.

—Tengo que irme, mañana vuelvo. 

— ¿Tienes consulta?

— ¿Cómo lo sabe? —contesta con una evidente cara de sorpresa al girarse.

—No te sorprendas tanto, las madres hablamos entre nosotras. Anda ve, mañana nos vemos.

Aún sorprendido y algo enojado por esa última información se despide de la madre de Eva y coge un taxi que le lleva al castillo. En el viaje, enojado telefonea a su madre, pidiéndole explicaciones sobre el motivo por el que iba contando su vida. 

—Cariño, ella me llamó al saber lo sucedido a través de Eva y necesitaba desahogarme. Tú no sabes… lo que es… 

Al oír a su madre llorar mientras le explicaba el motivo, se arrepiente de la manera de encararse con ella. En ese momento se da cuenta de que han sido unos meses duros para muchas más personas que  él. 

—Vale, mamá no te preocupes, da igual. Luego hablamos, acabo de llegar… Te quiero —se sorprende al volver a usar aquel término con su madre desde que descubriera que no lo era.

—Yo también te quiero, cariño. —llorando de emoción al volver a escuchar esas palabras de su hijo mientras la llamada llegaba a su fin.  



Juan Luis Galán Olmedo

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