sábado, 30 de noviembre de 2013

CAPÍTULO 8 -NOVELA-

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Llegas tarde.

Perdona, vengo del hospital.

José entró en estado de alerta. Preguntó al muchacho en un intento de sacarle más información.  Jesús le contó lo sucedido, el accidente de Eva y cómo se sentia. El chico  agradeció el interés; de hecho  prefería hablar de ella antes que de él. El tiempo de la consulta había pasado.

Bueno, gracias por escucharme. Lo necesitaba. mientras se levanta dispuesto a irse.

—¿Dónde vas? Si aún no hemos hablado de ti. Anda siéntate.

Sorprendido, recula y vuelve a su silla.

¿Qué tal esos sueños, pesadillas?

Igual. Hoy he tenido una nueva. Espeluznante. El día no había comenzado bien y al final mira como ha terminado.

Desde luego no parece haber sido tu mejor día. Eso está claro. Anda cuéntame que ha sido esta vez. Soy todo oído.

Jesús se acomoda en la silla antes de comenzar a relatarle la visión que había tenido aquella noche. José, por su parte, se acomoda en el sillón y activa la grabadora como hacía  de manera habitual  en cada sesión. El chico comienza su relato:

No estoy en peligro. Yo soy el peligro.

No estás en posición de amenazar, llevaba demasiado tiempo buscándote. Mi padre deseaba darte caza y degollarte como hace con sus presas cada vez que sale de caza.

Imagínate ahora que sabe que eres el padre del bebé que espero dice mientras se acaricia la tripa en círculos cariñosamente. Él pone la mano sobre la de ella. Mientras no sepa que sobreviviste estás a salvo, Si algún día lo descubre, no sé qué te hará.

¿Más qué la última vez? ¡Quemó el bosque conmigo dentro!

Se nota que no le conoces.

Lo sé, lo sé, mi Señora. dice mientras ella le regaña con la boca pequeña por seguir llamándola así. Ya me libré una vez, no quiero tentar al destino. De hecho, no hay día que piense que sobreviví para conocer que iba a tener un hijo. Intentaré tener cuidado. le dice mientras se abrazan.

Pensé que habías muerto sin saberlo, fue un milagro que regresaras.

Salí de la casa tras despedirme de ella. Estaba bastante cansado de huir, al regresar y saber qué iba a ser padre calmó mis ansias de venganza, aguantaría todo lo que hiciera falta. Lo que más me molestaba era que ella posiblemente llevaba razón, si descubría que estaba vivo, tarde o temprano me encontraría. Ella no sabía lo suficiente de mí, a mi regreso, para entender mis palabras; sólo estaba intentando protegerme, y yo a ella.

Crunia llevaba razón, su padre acabó por enterarse y en pocas semanas había logrado darme captura. 

El martirio al que fui sometido fue público, le gustaba mostrar a sus súbditos el poder que sentía en cada una de las heridas que inigía. El arresto se produjo de noche, mientras dormía -todos necesitamos descansar-. Tras el derribo de la puerta, me apresaron entre cuatro guardias y recibí los primeros golpes; los primeros hematomas se sucedían en mi rostro, en mi torso. Me llevaron a rastras hasta los caballos que esperaban a varios metros de allí y, tras atarme a un carro, decidieron arrastrarme hasta el castillo donde Gerión esperaba. Mi cuerpo sufría el dolor del camino, mi alma el tormento de la paciencia; no quería liberar a la bestia que llevaba dentro.

Nada más llegar, me llevaron al pie de las escaleras donde él estaba esperando. Aunque mi atención fue para ella, el origen de todo; la Señora, como solo yo la llamaba,  lloraba mientras veía mi cuerpo semidesnudo cubierto de heridas.

Sentía el ujo de mi poder, de mi sangre recorrer mis venas; grité con todas mis fuerzas pidiendo clemencia. Él sólo reía, yo solo aguantaba mi alma.

Pasaron los días, permitió que todo aquel que quisiera golpearme lo hiciera, pasaron muchos, o eso me pareció, hasta que ya nadie se presentaba ante mi cuerpo apaleado. Debieron de aburrirse de desquitar su furia conmigo. Crunia, la Señora, lloró las primeras horas, pero no hubo lágrimas para tan larga tortura.

El señor bajaba todos los días a primera hora y veía el estado en el que me encontraba; vi su miedo al ver mi cuerpo resistir ante aquella situación; creo que con los días comencé a oler el miedo en sus ojos. Yo había logrado controlarme; pensé que ella ya no sufriría más calvario y eso ayudaba, sabía que era mejor aguantar hasta que el tiempo le calmase.

A pesar de lo vivido era demasiado joven para entender de lo que era capaz una persona. No  tardaría en averiguarlo. Aquella misma noche, ya habían pasado doce lunas, decidieron preparar mi barbacoa. Comenzaron a apilar maderos y comprendí que había decidido eliminar todo vestigio de su insomnio. Quería verme muerto y pensó que el fuego sería el modo más doloroso y más divertido para lograr descansar su alma.

Los maderos a mi alrededor, la antorcha encendida a mi derecha, sólo me quedaba esperar. Nunca pensé que se atreviera a hacer lo que segundos más tarde vería. Al verle aparecer junto a ella con las muñecas amarradas, me hizo temer lo peor.

Él la lanzó hacia mí con desprecio, cayendo de rodillas junto a mi cuerpo. Sentía cada una de sus lágrimas como si fueran puñales sobre mí. Ataron la soga que anudaba sus manos a un poste frente a donde yo me encontraba y comenzaron a torturarla, sus gritos implorando a su padre no dudaron en torturarme a mí. Él, disfrutaba de la escena, los latigazos marcando todo su cuerpo mientras me veía llorar y gritar de impotencia.

Encendieron la hoguera, comencé a sentir el calor de las primeras llamas al tiempo que daba la orden de desnudarla ordenando a su guardia más próxima que disfrutara de su propia sangre.

Ella gritaba, desesperada, mientras las llamas crepitaban por mi cuerpo hasta alcanzarme, empezando a quemarme vivo mientras escuchaba sus gritos de dolor y de impotencia; violada en la intimidad de su cuerpo, desfallecía.

—¡Te quiero!. Ésas fueron sus últimas palabras antes de desplomarse.

La oí, él pensaba que ya estaba muerto, el fuego rodeaba mi cuerpo; sentía el olor de la piel quemada, pero mi dolor no lo provocaban las llamas. En el momento en que escuché esas palabras de sus labios, se liberó mi verdadera alma.

—¡Vaya! Parece más una pesadilla que un sueño.

Pues imagínate sentirlo en primera persona. dijo Jesús mientras José pensaba <<Podría hacer el esfuerzo.>>

En ese momento saltó una alerta en la pantalla. El sonido enmudeció la estancia.

—¿Qué demonios? dijo el psicólogo centrándose en la pantalla incapaz de articular palabra.

 —¡¿A qué hospital has dicho que has ido, Jesús?!

Al Virgen de la Esperanza ¿Por qué?

—¡No por nada, por nada!

El chico notaba como se iba tensando, no entendía nada pero de lo que estaba seguro era que José le estaba ocultando algo. Insistió, elevando el tono, pidiéndole explicaciones.

—¡No es nada! Vete y ya seguimos otro día. Retomamos por donde lo hemos dejado.

José operó sobre el terminal con rapidez, completamente sorprendido por la alerta que había saltado. No creía que fuera casualidad la coincidencia, pero Jesús le había dicho que al final no había realizado la donación de sangre. Mientras continuaba tecleando saltando barrera tras barrera hasta llegar al expediente que había hecho que interrumpiera la sesión no se percató de que el chico no había abandonado el despacho.

En el momento en el que conseguía acceder al expediente, Jesús daba la vuelta al monitor ante la sorpresa de el rey y leía en la pantalla:

Eva García Habitación 213

La ira se apoderó de él y de repente notó como se comenzaba a acalorar; incapaz de controlar su rabia se abalanzó sobre su psicólogo tirando todo lo que había sobre la mesa en el proceso. Por primera vez desde que conocía al muchacho José contemplaba el verdadero rostro de Jesús.


Juan Luis Galán Olmedo

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