viernes, 8 de noviembre de 2013

Salto al vacío

Demasiados asientos vacíos para un vuelo low-cost. No siempre fue así. Gente, ruido, calor… y los nervios típicos del pasaje al estar a más de 4.000 metros de altura dentro de un supositorio de metal con alas. Ya da igual. El avión vuela gracias al piloto automático. La última comunicación con control dejó claro que la tripulación había muerto. Dirán que el piloto lo comunicó antes de ahogarse en su propia sangre. Después, bastó preparar el paracaídas, soltar el óxido nitroso, ponerme la máscara y esperar a que hiciera efecto en el avión. Con paciencia he podido disfrutar, uno por uno, de la expresión de sus ojos al morir: una mezcla de clemencia, confusión y estupor al ver al comandante de la aeronave despedirse de cada uno de ellos mientras se abría su cuello y eran empujados a la bodega de carga donde terminarían por desangrarse. Uno más y salto.

Juan Luis Galán Olmedo


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