domingo, 16 de febrero de 2014

CAPÍTULO 11 -NOVELA-

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Jesús se encontraba frente a la puerta de la habitación 213. Dudaba de si su presencia alegraría a la muchacha. Se echó para atrás justo cuando pasaba una enfermera con un carro de cenas que se cayeron sobre el piso.  Mientras pedía  perdón a la trabajadora, la madre de Eva salió a ver qué sucedía.

—¿Jesús? el muchacho se da la vuelta al oír su nombre. —¿Qué haces aquí?

—¡Perdón! No quería molestar.

Tranquilo, tranquilo, muchacho. Anda pasa, ella está durmiendo.

El muchacho acompañó al interior de la habitación a Eva y vio a su amiga postrada en la cama con evidentes signos de contusión durmiendo plácidamente.

Chico, me vienes de maravilla. No quiero dejarle sola, pero necesito ir a casa a por algunas cosas. ¿Te importa esperar hasta que vuelva?

Él agradeció la confianza. Se sentó al lado de Eva mientras la madre abandonaba de la habitación.

José, mientras tanto,  había logrado acceder a la sala de servidores y comenzaba lo que había ido a hacer, eliminar rastros del software que introdujo en su momento. No podía dejar ningún rastro. Aún no podía creer que en más de quince años, justo ahora, hubiera saltado en dos ocasiones tan seguidas las alertas.  Tras eliminar el código que pudiera delatarle, decidió modificar los expedientes de los chicos; primero el de Jesús y posteriormente el de la muchacha. Comprobó que el chico le había dicho la verdad, no había realizado ninguna transfusión de sangre. <<Pero entonces, ¿Cómo demonios?>> pensaba mientras terminaba lo que había ido a hacer.



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Cuando el vehículo se detuvo, Márquez se sorprendió de seguir con vida mientras escuchó acercarse, sin temor a equivocarse la voz de la Señora.

—¡Dejad de disparar!

En ese preciso instante las ráfagas que impactaban sobre su vieja chatarra dejaron de producirle el terror de ser herido, o peor, morir a manos de sus propios hombres. Cuando se atrevió a descender del coche observo cómo era rodeado por un ejército dispuesto a apretar el gatillo a la menor orden. Afortunadamente para él, la figura de su jefa se acercó mientras  espetaba: ¡Inútiles! ¡Es Márquez!

Sorprendido vio como María se encontraba manchada, sangre incluida. Nunca le había visto de aquella manera.

Deja de mirarme de arriba abajo y haz tu trabajo le dijo mientras se acercó a él y le ayudó a levantarse. —¡Vas a tener que darme algunas explicaciones como responsable de seguridad!

Ya a su lado, de pie, se dirigieron hacía la sala de seguridad y control desde donde vino la explosión. Márquez miraba con horror los cuerpos de los tres soldados que había en la zona de acceso al recinto del garaje.

Me acompañaban cuando la deflagración nos sorprendió, he tenido suerte le dijo ante la cara de incredulidad de su jefe de seguridad.

—¡Quedaos, aquí fuera!, que no entre nadie. No admitiré más errores. observó con firmeza mientras los soldados obedecían como perros de presa a una sola voz.

El olor a cerilla, a goma quemada, a gasoil, a fuego e infierno atrapaba el lugar. Márquez se dio cuenta inmediatamente de que el origen de la explosión había sido en el coche de Marc <<Espero que no se le ocurriera salir de la sala>> pensó en ese momento. Por detrás María observaba la escena.

—¡Alguien va a pagarlo! dijo en voz alta mientras miraba a su lacayo acercarse al coche.

La explosión había hecho mella en la puerta de entrada, pero una vez dentro no parecía que hubiera sufrido mayor contratiempo. El suelo estaba manchado de sangre, pero lo que más trajo la atención de María fue el sensor biométrico, los rastros de sangre eran evidentes. El sistema de seguridad no había funcionado.

Márquez entró precipitado y lo primero que observó fue el charco de sangre a los pies de la silla. Se encontraba de espaldas.

¿¡Marc!? dijo mientras giraba y veía por primera vez el cuerpo mutilado de su compañero.

Cuando María entró, Márquez se encontraba vomitando a los pies de Marc. Incluso ella estaba sorprendida ante el sadismo que mostraba el trato a aquel hombre.


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José entró en la habitación donde se encontraban Eva y Jesús. En el momento en el que le vio entrar Eva gritó, sorprendida; al ver el rostro que acababa de ver en sueños, con algunos años más en su rostro, entrar por la puerta. Jesús, preocupado y sin entender nada, intentó calmar a su amiga. El psicólogo al mirar a los ojos de la muchacha supo que ella le conocía a pesar de no haberse visto en persona hasta ese preciso momento.

—Eva, no tengas miedo. Es lógico que estés asustada, todo tiene su explicación.

—Pero, pero, acabo de verte en... —dice con cara de miedo y de sorpresa a la vez. —¿Qué está pasando? ¿Dónde está mi madre? —dice la muchacha aún recostada en la cama mientras Jesús le mira con cara de incredulidad tras escuchar sus palabras.

—No estoy seguro de todo, pero a algunas cuestiones os puedo dar respuesta, pero antes deberíamos de ir a un lugar seguro. —dice José visiblemente nervioso. Incluso él se sorprendió de esa sensación que creía olvidada.

—Tu madre ha ido a por algunas cosas a casa. ¿Eva, has dicho que le conoces?  —interrumpe Jesús.

José en ese momento invitó a Eva a vestirse y unirse a ellos fuera del pasillo mientras los dos chicos, Jesús forzado por el psicólogo, salían de la habitación. 



Juan Luis Galán Olmedo

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