domingo, 23 de marzo de 2014

CAPÍTULO 12 -NOVELA-





María no podía de dejar de observar aquella imagen de su subalterno violado. Le habían cortado los genitales y se los habían introducido en la boca, los ojos se encontraban fuera de órbita, seguramente debido al dolor que sintió mientras se desangraba.


— ¡Se los han cortado mientras aún seguía con vida! —dijo María con un tono de admiración.

Márquez se incorporó en ese momento fijándose por primera vez en los dos disparos ejecutados, las rodillas de su compañero mostraba de manera inequívoca las respectivas entradas de bala selladas a fuego,  sintió un escalofrió por todo su cuerpo al reconocer aquella firma.

 —¡Dios mío!

—¿Qué pasa Márquez?


—Esto lo he visto antes. ¿Se acuerda de su primer encargo? ¿Cuándo le pedimos que hiciera unas llamadas…?


—No me digas que fue por esto por lo que tuve que quemar ciertos contactos para que no transcendiera a la luz pública. —dijo mientras observaba con sorpresa a su lacayo. 


—Nos dijo que fuéramos expeditivos y que sirviera de aviso al resto…


—¡Vaya! Era verdad, tus referencias y buen hacer  no eran un fraude.


—No es para sentirse orgulloso, Señora.


—No seas modesto Márquez, cada uno es bueno en lo suyo y esta es una firma magnífica, pero basta de halagos, ¿se puede saber quién más conocía esto?


—Marc, desde luego,  imagino que los policías que llegaron antes que nuestros equipos de limpieza y… la niña claro.


En ese momento su mirada se fijó en el panel táctil que se encontraba enfrente del cuerpo de su difunto compañero. La sangre proveniente del charco formado a los pies de la silla había sido utilizado como una pintura más, adivinó a leer un nombre.


Cuando María lo leyó entendió el motivo por el que Márquez había salido corriendo de la habitación. Sabía dónde podría encontrar a su único jefe de seguridad.


Solo se adivinaba a leer: “Andrea”



-



Eva escuchaba a Jesús al otro lado de la puerta mientras se cambiaba. La vía le produjo menos daño de lo que esperaba cuando la retiró de su brazo. Seguía sin comprender como era posible que pudiera haber visto a José en su sueño, no sabía si podía fiarse de él, a pesar de que estuviera acompañado de su amigo. Justo en ese momento se percató de la ventana abierta y al asomarse vio que disponía de una oportunidad. El piso donde se encontraba, un primero, no era en realidad mucho más alto que un bajo a la altura de su habitación. Esos dos metros de altura que le separaban de aquella puerta, si podía superarlos aquella sería su auténtica salida.

En el pasillo José intentaba tranquilizar a Jesús, el muchacho estaba a punto de colapsar ante el cúmulo de acontecimientos. No podía saber que pasaba por su cabeza, pero imaginaba que las miles de preguntas estarían a punto de hacerle estallar. Cuando habían transcurrido quince minutos, fue él el que comenzó a intranquilizarse. Si aún disponían de tiempo, no sabía de cuanto disponían,  no era buena idea apurarlo de aquella manera. Tocó a la puerta y al ver que nadie respondía entró en la habitación.

—¡Eva! —dijo mientras abría la puerta del aseo. —¡Mierda! Se ha marchado. ¡Muchacho, reacciona! – dijo mientras zarandeaba a Jesús que seguía contemplando al psicólogo de manera inexpresiva, intentando entender algo de lo que no era capaz.

El chico al volver a la realidad, preguntó por su amiga.  Cuando su acompañante  le contó que se había marchado, supo a donde tenían que dirigirse inmediatamente.

—Se ha ido a casa.

—¿Cómo estás tan seguro?

—Es lo que yo haría.






Juan Luis Galán Olmedo

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