lunes, 25 de abril de 2016

Invisibles

A nadie le gusta acudir puntual al momento de su muerte. Desde que soy invisible lo he deseado tantas veces, quizás por eso siempre llego tarde. Fue una sorpresa por fascículos.  
Todas mis obligaciones se encontraban al día; también los derechos, pero un día cualquiera perdí el trabajo. Los ahorros comenzaron a quemarse a pesar del frío que hacía en casa. El trabajo nunca volvió cómo antes. Los vecinos ya no saludaban, quizás este fuera el primer síntoma. A pesar de la clemencia; ni el banco, ni el estado nos dio ningún tipo de esperanza y acabamos perdiendo la casa. Mi pareja se fue con exquisita puntualidad antes de que nos quitaran a los niños. 

Para ti, debo de ser uno más en esa cifra que dan los papeles oficiales. Intento mirarte a los ojos, pero ya nunca encuentro tú mirada. Prefieres mirar al vacío. Te entiendo, no te creas. Me recuerdo haciendo lo mismo; pensando que eso nunca podría pasarme, convenciéndome imaginando fantasmas: vagos, borrachos… para no verlos vagar por las calles. Si no existimos puedes sentirte seguro y satisfecho en tu mentira; en tus obligaciones y en tus derechos. Ya no tengo nada de esto, soy invisible.

Juan Luis Galán Olmedo


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