domingo, 25 de diciembre de 2016

Cruce de caminos

<<No sé nada de ella desde el día en el que la vi marcharse; con prisas, entre lágrimas. A pesar de correr tras ella me fue imposible encontrarla. >>

Una tenue luz permite iluminar poco más que el centro de la estancia donde  una sencilla  silla de madera reposa sobre una arqueta. El suelo está pulido hasta el punto de necesitar un calzado especial para poder andar por la sala sin temor a caer una vez tras otra sobre la dura superficie,  esta se inclina tan levemente hacía la silla que hasta a un observador avezado le costaría percatarse de ello. Sobre la madera un hombre de avanzada edad. De su respiración se desprende un fino hilo de vaho. Mira a su alrededor sin vislumbrar nada concreto. No lo necesita. En ese momento continúa dando rienda suelta a sus pensamientos. Si uno presta atención todavía puede  escucharlos.

<<Todo este tiempo ha sido un vano intento por olvidar tú recuerdo. Necesito  volver a verte, volver a preguntártelo una vez más. >>

Da dos palmadas y la habitación se ilumina  por completo. Sonríe mientras mira a su alrededor y se dirige a la salida. Da otras dos palmadas cuando ya se encuentra en la puerta y se cambia de zapatos, dispuesto a  comenzar  un nuevo día.

<<Mis más preciados recuerdos están guardados aquí. El amor de cada una de las mujeres  con las que he intentado olvidarte. Mi corazón no le ha pertenecido a ninguna de ellas, pero sé que a pesar de mi desdicha soy afortunado.  Todas  ellas me han brindado el suyo.  >>

Cierra la puerta y se dirige con paso firme a la habitación situada justo encima, donde termina de asearse. Frente al espejo observa  la cicatriz que atraviesa un lateral de su cuello. Cada vez que le preguntan el porqué de su obsesión por vestir  con prendas de cuello  alto, él siempre recuerda ese reflejo y sonríe entre dientes.

Con la habitual  puntualidad llega el coche oficial. Son las 9 A.M.

<< Y pensar que en aquellas fechas en las que nos conocimos estuve  a punto de abandonarlo todo. Soy quien soy gracias a ti.  Por ti acabé la carrera, si no es por esto nunca hubiera conocido a aquel joven policía, que herido de servicio,  me encontró de guardia. Si no le hubiera podido llegar a operar, no habría llegado a tomar confianza con él y no hubiéramos tenido aquella conversación; que entre la vida y la muerte, nos dio para hablar sobre su padre ausente, sobre ti. Fue él el que acabó convenciéndome  de no cesar en mi búsqueda.  Y aquí estoy, el día en el que voy a nombrarle precisamente a él como mi sucesor al frente del partido que fundamos años más tarde. Mi puesto lo tendrá en funciones durante algún  tiempo, después se lo tendrá que ganar él mismo en las urnas. He dedicado toda mi vida a encontrarte y no he podido. Ni el dinero, que nunca fue  problema en mi familia, ni el poder; me han servido para volver a preguntártelo una vez más. >>

Toda una vida marcada por arrugas de experiencia sobre la piel baja del coche y con paciencia camina hacía el despacho presidencial. Saluda a todos los que se cruza a pesar de que a algunos de ellos no los termina de reconocer del todo; culpa de la distancia y la tenue niebla que cubre desde primeras horas de la mañana la ciudad. Una vez  llega  se despoja del abrigo y vuelve a mirar al exterior a través del ventanal <<El día acompaña>>.

Con ese pensamiento se sienta frente a su escritorio donde se encarga de actualizar el calendario de papel que hay sobre el: 25 de Diciembre.  Comienza a escribir, tiene que redactar el discurso que esa misma noche va a dar en su último acto oficial. Lo emborrona, coge otro.

Sucederá lo mismo con los próximos veinticuatro folios. Pasan las horas. Todos acaban arrugados y tirados en la papelera. El reloj marca las 14 P.M. Ha dado la orden de que no le interrumpan   hasta que llegue el  momento en el que tengan que marcharse. Sabe que nadie le va a molestar hasta entonces. 

Un último folio en blanco sobre la mesa. Lo mira y sonríe. Escribe una única frase. Lo dobla con mimo, satisfecho y lo guarda en el bolsillo izquierdo de su pantalón. Mira el reloj, duda entre comer o descansar. No tiene hambre.

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Se despierta con hambre. Ella se despereza sobre la butaca, mira la hora y se percata de que  ha vuelto a dormirse. Todos los focos están encendidos iluminando el teatro. Las vacaciones no  están sujetas a la rutina de su papel de aburrida secretaría en su habitual día a día. El reloj marca las 14 P.M. Sonríe cuando mira al frente. Disfruta de esos momentos en los que el escenario es todo para ella. Comienza a  imaginar la secuencia de la obra; la reacción de los espectadores ante las diferentes escenas, los diferentes efectos que de manera milimétrica ha planeado. Sabe que nunca coincide con la realidad, pero a veces se sorprende ante una realidad que supera su ficción. 

Pequeñas arrugas cubren su veterano rostro,  marcas de la experiencia de una vida dedicada a ser otro, una experta en el arte de no ser ella misma.

<<Nada es verdad. Una  ficción mientras te busco. Hoy  sería juez… Lo soy… al fin y al cabo. >>

Un suspiro resbala de sus labios, sus ojos exhalan alguna lágrima mientras acaricia la cicatriz de su pecho. 

Se dirige a la mesa al pie del  escenario y comprueba que tanto el modulador de voz cómo la máscara, su verdadero rostro, se encuentran en condiciones.

Sube las escaleras y entra en casa, en el piso superior del teatro, mientras va pensando que comer. Suena el teléfono, pero cuando contesta ya han colgado. Vuelve a sonar cuando abre la nevera. Regresa y  descuelga. Vuelve a escuchar el habitual sonido de llamada finalizada. Sucede una tercera vez.

En ese instante se olvida de la nevera, del hambre y se dirige de inmediato al cuarto de baño. Abre una pequeña caja fuerte escondida bajo la bañera de hidromasaje y extrae un dispositivo móvil  que enciende apresurada. Introduce la contraseña y pulsa el único icono, un martillo,  que aparece en la pantalla.

Escribe una URL que  conoce de memoria y de inmediato  se produce la siguiente comunicación:

— ¿Puedo?

 <Imagen adjunta>

— ¿Le has encontrado?

— ¿Puedo?

—Sí

—Pon la tele.


No hay rastro de la conversación cuando vuelve a cargar la página. Apaga el dispositivo y lo vuelve a guardar, no sin antes comprobar que lo que acaba de ver en esa imagen se corresponde con  el otro contenido que debería de estar allí. Efectivamente, ya no lo está.

<<Hace años que lo guardaba ahí. Perfilé  con un bisturí el nombre de mi  alter ego sobre ese proyectil: Exterminador. La única vez que lo he escrito, destinado al hombre que me dio esta vida. Paciencia, siempre me ha gustado esa sensación. >>.

Sigue encerrada en sus pensamientos recordando la última pregunta que aquel hombre le formuló, su vello todavía se eriza al recordar aquello, cuando mira hacía la ventana y ve la tenue capa de niebla que inunda  el exterior. <<Le enseñé bien, aunque hoy el día no acompaña. >>  piensa mientras enciende la televisión y prepara, por fin, algo que llevarse a la boca.

La tarde pasa y nada sucede excepto el ir y venir de imágenes con sonido sin ningún tipo de interés para ella. Toca esperar.

--- 


<<Esta maldita espera es lo que peor llevo de todo esto. >>

El cañón del arma asoma acariciando la cornisa. A través del visor observa  con dificultad a los presentes al otro lado de la calle. El sensor térmico que le ha acoplado  le permite apoyar la realidad que su vista no es capaz de vislumbrar ante la niebla que ciega el día.

<<Vaya tiempo,  al final tocó improvisar. >> piensa sonriente mientras mira y observa la sangre que continua manando de la herida del agente que yace a sus tacones.

Saca una foto antigua y observa a su pequeño junto a su antiguo reflejo, es la única foto que tiene junto a su primogénito, su único hijo. La vuelve a guardar con mimo. Extrae el móvil, comprado esa misma mañana, y activa una aplicación en la que comienza a ver  lo que está retransmitiendo la televisión pública desde la azotea de enfrente.

<< Fíjate hasta dónde has llegado,  sentado ahí en primera fila.  Perdona mi ausencia todo este tiempo, cariño. Me encantan estos cacharros. >> piensa con melancolía mientras ve a través de la emisión como su objetivo se dirige al atril. De la copa derecha de su sujetador saca el proyectil y le propina un beso, dejando marcado su pintalabios,  antes de cargarlo en el arma.  Apunta hacía el escenario, una figura borrosa de borrosos colores queda centrada en el visor. Echa un vistazo al teléfono confirmando que en el atril sólo se encuentra su objetivo. El reloj marca las 9 PM.

<<Señor Presidente, su afición por las mujeres acabó delatándole. Lástima no haberle tenido antes cómo cliente. >>


Una bufanda recorre su cuello. Pide calma a los allí presentes antes de comenzar su intervención. Extrae del  bolsillo izquierdo del pantalón un papel arrugado que todos entienden como notas del discurso que va a comenzar. Él al leerlo sonríe, lo vuelve a plegar y se lo entrega al Vicepresidente, su segundo en el partido,  que se encuentra en primera fila. Este lo lee con discreción: “Sigue buscándola.”


<< ¿Qué pone ahí hijo?>> piensa mientras nota la presión del gatillo desde el otro lado de la calle.


Vuelve al atril donde se desprende de la bufanda que porta dejando ver por primera vez en público la evidente cicatriz que atraviesa su cuello. Consciente y ajeno a la vez del ruido generado a su alrededor comienza a hablar.

La mira del rifle, que segundos antes apuntaba a la cabeza, se mueve de manera instintiva a la marca recién descubierta y dispara <<Va por ti, cariño. >> .

En el momento en el que nota el impacto, siente una explosión que le hace tambalear la cabeza. No hay dolor, no es consciente de ello. Lo único que recuerda es ese instante en el que toda su vida cambió.

Hay una teoría sobre la muerte que establece que uno revive toda su existencia como si fuera un pase de diapositivas justo antes de morir. Él sólo pudo contemplar, en ese momento antes de acabar tocando el suelo, aquel  catorce de febrero en el que por primera vez se enamoró:

Le era imposible mover ningún músculo del cuerpo.

—No te molestes, la anestesia te paraliza de cuello para abajo.

— ¡Hijo de puta!, ¿Qué crees que estás haciendo? ¿Quién eres? —murmuró con esfuerzo desde el fondo de su garganta mientras intentaba vislumbrar algo más allá.

—Nadie puede escucharte, tranquila —dijo mientras salía desde la oscuridad a sus pies y se situaba a su lado—. Estoy enamorado de ti —dijo con una voz fría y seca desde el casco de moto tras el que se escondía. Se quedó observándola, cada grito de su voz obtenía como respuesta el silencio.

Habían transcurrido así unos  minutos cuando comenzó a romperle las ropas que cubrían su cuerpo. Él, sin prisas, disfrutaba con la pasión con la que clamaba ella. Paseó a su alrededor contemplándola mientras sollozaba desesperada.

—Por favor, déjame ir.

Acercó una bandeja que sonaba a frío y empezó a rebuscar en su interior.

Ella no podía ni imaginar, en ese momento, que lo que pasaba por su mente fuera cierto. Volvió  a gritar  desconsolada cuando él le mostró un reluciente bisturí y empezó a acariciarle con el filo. No era capaz de sentir el metal, tampoco sentía el tacto de sus manos cuando lo hacía a través de  aquellos guantes. Un hormigueo lejano era lo único que su cuerpo le transmitía; también miedo. En un intento por no seguir mirando y evitar la repulsa que le producía el contacto,  giró su cabeza y pudo observar una flecha descansando al lado de la bandeja que yacía sobre una pequeña mesa. Así, entre caricias, se hizo eterno el momento.

— ¿Me quieres? —dijo él de repente, en voz baja cerca de su oído. Si las paredes no fueran mudas habrían gritado—. No hace falta que contestes, ya lo harás —volvió a decir. Si las paredes no fueran ciegas habrían llorado—. Siempre estaremos juntos  —dijo al comenzar a deslizar, con la suavidad de una pluma sobre la piel, el bisturí que iría abriendo su delicado pecho.

De repente un grito de sorpresa surgió del interior del casco al ver como la flecha le penetraba por el lateral del cuello haciéndole soltar el metal. Al mismo tiempo recibía una patada torpe, pero suficiente para hacerle caer al suelo hacía atrás. Unos milímetros más hacía el centro y todo hubiera acabado en ese preciso momento.

— ¡Hija de puta! —acertó a decir mientras veía desde el suelo como  ella intentaba huir tambaleándose en dirección a la puerta. Él se comenzó a levantar a pesar del intenso dolor, en un ademán por ir tras ella. Los conocimientos médicos adquiridos en clase hasta ese momento le habían permitido, al menos, evitar desangrarse. La flecha continuaba  en su interior mientras intentaba presionar la zona.

Por su parte, con toda la energía que le quedaba ella abrió la puerta gritando y clamando auxilio mientras huía a través de la niebla.  Con una mano sujetaba a duras penas  la herida abierta por el bisturí en un intento por evitar perder  todavía más sangre. Cada vez le costaba más y las fuerzas volvían a abandonarla en el momento en el que tropezaba cayendo por un terraplén y que sin pretenderlo le ayudaría a desaparecer de la vista de su perseguidor. Todavía escuchaba aquella pregunta en su cabeza en el momento en el que se desmayaba.


— ¡¿Me quieres?!

J.L. Galán

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