domingo, 21 de enero de 2018

Colorín, colorado

Érase una vez… Así comenzaba a contarle el cuento todas las noches. Era el ritual que tenía con el pequeño a la hora de irse a dormir. Por otro lado, un ritual bastante común en aquella época. Sobre las nueve de la noche muchas casas comenzaban la rutina de acostar  a los más pequeños de la casa y en ciertas ocasiones sucumbir ellos mismos al sueño. 

Juan tenía asumido el papel. En cuanto Enrique, su padre, cogía el cuento ya sabía que debía de levantarse del sofá y dirigirse a su habitación. Él ya iba sólo, aunque de vez en cuando intentaba volver a aquellos tiempos, lejanos para él, en el que iba en brazos de su progenitor agarrado a su cuello y sintiendo todo su amor. Sin entender todavía porqué lo echaba de menos aun teniéndole siempre a su lado. 

Juan escuchaba el relato de su padre con toda la atención en un intento de conseguir que por primera vez el cuento y el beso que le daba su padre antes de empezar no fuera el último recuerdo del día. Siempre quería alargarlo un poquito más, nunca llegaba al final. Tampoco esa noche pudo ser. El pequeño casi siempre viajaba con Morfeo tras las dos primeras páginas. 
Enrique en ese momento cerraba el libro y volvía a arropar a su niño dejándole en buenos brazos durante toda la noche tras un susurro: “Y fueron felices y comieron perdices.”

Él en ese momento tenía que irse por lo que esperaba la llegada de Fátima, la hija mayor de la vecina del tercero que le hacía el favor de ejercer de niñera esa noches que él tenía guardia.  Tenía suerte de contar con ellas. Él y su pequeño llevaban poco tiempo en el vecindario, pero habían conseguido integrarse bien. Opinión compartida por su compañera de trabajo. 

Cuando Fátima llegaba, él ya estaba preparado y salía con relativa prisa. Sabia que su regreso estaba marcado por el final del viaje de Juan. 

Esa noche además era importante para Enrique. Tras días de vigilancia en vigilia llegaba el momento de cerrar el expediente aquella misma noche. Después solo habría que esperar para poder regresar a casa. 

Se dirigió a pie al hangar, que a un par de kilómetros de su domicilio, resguardaba el vehículo que iba a usar para la ocasión y donde ya disponía de todo lo necesario. Por el camino recibió un mensaje de confirmación en el móvil que precipitaba la noche. Todo iba según lo planeado. 

Con precaución,  alternaba el camino  que le dirigía al punto de salida. Era por otro lado, un ritual ya asumido, difícilmente llegaba a los sitios, nunca, por una misma ruta prefijada. Siempre pensaba que si alguna vez debía de volver a ejercer un trabajo normal, taxista no sería una mala decisión. 

Al llegar al hangar accedió al mismo, ya con los guantes puestos, por la puerta de atrás y encendió una pequeña linterna para ubicarse dentro del lugar. 

Debía de darse prisa, esa noche fue la  elegida debido a la previsión meteorológica de las primeras horas del día. Con suerte cualquier rastro hasta ese punto sería eliminado en las próximas cuarenta y ocho horas gracias al inicio de las lluvias. 

Comprobó que el explosivo estaba dispuesto y que la mayor parte de la carga estaba correctamente  alojada para cumplir con lo calculado días antes. 
El trayecto hasta el punto de destino fijado era la parte más complicada del plan. La vida siempre reservaba sorpresas y en ese momento la capacidad de reacción era menor y Enrique lo sabía. Él combatía esa incertidumbre con altas dosis de planificación y paciencia además de un respeto inusitado a la normativa de circulación. Cuando llegó a su destino conseguía estacionarlo en el lugar donde estaba previsto gracias a un  vehículo que salía en ese mismo instante. 

Enrique activó el dispositivo y cerró el vehículo. Comenzó a caminar sin rumbo fijo aparente hasta llegar al punto de encuentro donde le esperaba el coche que le había cedido el lugar minutos antes. 

—¿Que tal está Juan?
—Bien, durmiendo, imagino.  Esperando que regrese. 
—Juan o Fatima. —dice con tono irónico. 
—Bueno, espero que los dos ¿no? —contesta sonriente. 
—Toma, tú  tarjeta. La entrada ya está grabada. 
—Gracias. Todo tuyo entonces. 
—Tranquilo. Todo saldrá bien. 
—Lo sé. 

Enrique vuelve a salir del coche y  se dirige al interior del edificio donde “comienza”  su trabajo oficial como miembro de seguridad. 

Lo que queda de la noche transcurre con normalidad. Un par de horas en las que su mente solo recrea lo que sucederá poco después de que él ya esté en casa. Llegado el final del turno, realiza el cambio y sale del trabajo con el único deseo de encontrarse de nuevo  con su pequeño. 

El camino de regreso a casa se alarga debido a la lluvia que ha comenzado a caer sobre la ciudad. Él, calado hasta los huesos, llega a casa tras una parada previa en el tercero. 

Al entrar en el cuarto de Juan encuentra a Fatima dormida junto al pequeño. Con cuidado le despierta y se pone al día. 

—Como siempre, ha dormido toda la noche. Me eché con él tras despertar a hacer pis. Le puse y nos quedamos los dos dormidos. 
—Gracias Fátima, toma el dinero. 
—Gracias a ti. Me voy que mi madre estará pendiente de mi vuelta. 
—Si, tranquila, ya estoy yo. Dale recuerdos a tu madre de mi parte. —dice sonriente. 
—De su parte. —dice mientras entra todavía somnolienta en el ascensor pulsando el tres. 

Enrique cierra la puerta y se dirige a su habitación donde termina de cambiarse y se dirige al baño. En ese momento un mensaje con un simple icono de móvil le hace sonreír. Al volver pasa por la habitación de su pequeño y le observa mientras duerme como solo un niño sabe hacerlo. Decide entonces acurrucarse junto a él  donde acaba quedándose dormido mientras susurra:  “Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.” .


J.L.Galán



Frase inicial del cuento/relato de Victor . Iniciativa "El CuentaCuentos"

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