domingo, 4 de febrero de 2018

Una saga de cuento

Una saga de cuentos para Adrián y Helena. Esa era la idea inicial desde que se lo propusieran, pero pocas cosas acaban siendo exactamente como imaginaba y al final aquello que estaba escribiendo no era un cuento. El personaje había crecido con voz propia y la extensión había tomado cuerpo más allá de las habituales "cuatro" páginas que estaba acostumbrado a escribir. Acabó teniendo entre sus manos una novela corta. Antoine había nacido. 

Era curioso cómo cobraban vida los personajes, tomando decisiones por sí mimos según el bolígrafo iba perdiendo tinta en el trazado. 

Fuera cómo fuese, sabía que tenía aquella solicitud pendiente. En realidad, era otra cosa buena de que los caminos divergieran. Las diferentes rutas abiertas permitían multiplicar los desafíos. Sólo había que tener la paciencia de permitir que cobraran vida pasado el tiempo. 

Cuando encontrara la forma de hacerle hueco, cobraría vida propia "por si mismo", dentro de su cabeza. Eso solía suceder en su caso cuando le ponía nombre al personaje. En ese instante este cobraría vida y tomaría turno de inspiración para presentarse. El problema era siempre conocer cuando llegaría ese momento. Nunca sabía ni cuando, ni qué, ni por qué; mucho menos el dónde. ¿Cómo? Ya había desistido hace tiempo de averiguarlo, pero tal y cómo había leído en algún momento de su vida todo se respondería si la inspiración le pillaba trabajando. 

Llevaban razón, aunque no pensaba que sería justo mientras decidía el siguiente if, else hubiera hecho lo posible para pos ponerlo, al menos esa tarde de trabajo. La musa decidió inspirarle sin acertar el instante. Llevaba varios días dando vueltas a ese código y aquella tarde mezcló lenguajes sin darse cuenta. No se percataría hasta unos días más tarde. 

Al menos ese viernes después del trabajo pudo concluir la faena. Él contaría a su regreso a la oficina el lunes, que todo sucedió mientras observaba entre gritos a un pequeño grupo de primates en estado salvaje. No corría peligro, tampoco necesitó una mampara que le separara de ellos aunque se hubiera evitado los impactos de algunas bolas de plástico contra su cuerpo. Incluso a pesar de los decibelios reventándole los tímpanos pudo idear la forma de solucionar el problema que tenían entre manos desde hacía días. 

Quien le oyera pensaría que exageraba al contar la escena. Él asentiría sonriendo pensando que tal vez, en realidad, era demasiado benévolo al hacerlo. 

La inspiración era juguetona con los tiempos y no sólo trabajando hacia acto de presencia. 

Aquel fin de semana acabó complicándose todavía más, por lo que no pudo dedicar tiempo a intentar trazar alguna historia que correteaba por su mente ya en aquel momento. En esa ocasión la excusa fue que su pequeña había pasado la noche en vela y la única noche de descanso que tenía a la semana se había evaporado entre vómitos y consuelos. 

Al llegar a la oficina y a pesar del cansancio, o mejor dicho, pese al cansancio, comenzó a escudriñar linea a línea, buscando el momento de poner a prueba la solución hallada. Se encontraba absorto en esa tarea cuando un comentario en el código le llamó la atención quedándose resonando dentro de sí mismo y haciéndole viajar a otro lugar del que se encontraba. 

Todos esos cuentos, pensando en sus hijos, nacieron en aquel momento. Antoine le había presentado a su nueva protagonista  tres días antes. Gracias a una jugada de la inspiración, en ese momento pudo conocerlo. El mismo había escrito entre obsesiones ese comentario tres días antes. 

Antoine se escondió dentro de la tubería rodeándose con aquel pequeño muñeco de trapo. Yira, así le nombró el pequeño, le permitiría evitar el frio  desolador de la intemperie y sobrevivir a aquellas frías noches de invierno. 


J.L.Galán


Frase inicial del cuento/relato de Paula. Iniciativa "El CuentaCuentos"


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