viernes, 15 de junio de 2018

El primero para muchas

¡Remontadaaaaaaaa! Gritó mientras recogía el balón y se dirigía al centro del campo, en el camino ya ni escuchaba los pitos del público ni los exabruptos que salían de algunos forofos a punto de reventar debido a la excitación del momento, tampoco los tímidos aplausos que en algunos sectores se producían en contra de la mayoría.  La celebración había sido escueta en el centro del campo, pero perdían dos a uno y quedaban diez minutos para que el árbitro marcara el final del partido. Había prisa y el conde (Así llamaban al entrenador dentro del vestuario) ya les había dicho en el descanso que los partidos se pierden o ganan en noventa minutos, ni uno más. Todos sabían que quizás dispondrían de un extra, pero ninguno quería contar con la suerte en ese momento.

Cinco minutos sobre el campo y ya había levantado a más de sesenta mil personas de sus asientos. Nadie podía calcular cuántos en sus casas, para bien o para mal. Ella entraba para revolucionar el partido y le sobraban diez para conseguirlo, pasara lo que pasara a partir de ahí. Así se lo había transmitido a su entrenador. Ya había sido el centro de atención durante años, pero esa semana tras ganar en el juzgado su derecho a salir al campo junto al resto de sus compañeros hacía que aquel día no fuera uno más. O quizás sí, en realidad nadie le había asegurado que ese fuera el momento por el que toda su vida había luchado.

El pitido iniciaba de nuevo el encuentro y el equipo que iba por delante en el marcador no dudó en cerrar filas y aumentar su nivel de agresividad. El tiempo corría a su favor. Los ánimos desde la grada, incluso entre los seguidores del Niza, su propio equipo, les permitían empezar a exceder los límites del deporte y el árbitro no parecía mostrar ninguna intención de cortar aquella inercia. Ella, sin tregua, se dedicó a lo que mejor sabía. A jugar, tal y cómo lo hacía desde que empezara en la categoría alevín del equipo de su vida. Allí mantuvo su profesionalidad a pesar de ser tentada por diferentes equipos en diversas ligas femeninas que le hubieran permitido disfrutar de su pasión bastante más a menudo. Nunca pensó que podría alcanzar su meta, nunca renunció a cumplir su sueño. En ese momento todo daba igual, ni siquiera sus propios sentimientos; sus propios recuerdos le podrían sacar de aquel partido. Era ágil y veloz; driblaba con elegancia a sus contrarios y siempre mantenía la perspectiva completa del juego. Jugaba por el equipo y para el equipo y se dejaba la vida en cada carrera. Nadie excepto unos pocos privilegiados dentro del club sabían de lo que era capaz, pero a partir de ese día nadie la olvidaría.

La jugada partió de sus botas en el centro del campo, la pelota rozó el fracaso a lo largo de treinta metros de pases intermitentes entre compañeros de vestuario. Trece pases después, ella se desmarcaba por el centro justo hacía el lado contrario cuando el lateral derecho le devolvía el balón en lo que parecía una oportunidad perdida.

Días más tarde revelarían que lo habían ensayado. El primer palo era el objetivo siendo atacado desde el borde del área. Sabían que su par no podría llegar a tiempo si lo daba todo en esa última carrera cambiando su posición natural de repente. Usaría su pierna mala, la izquierda. Nadie había puesto foco sobre ella, nadie conocía de sus esfuerzos por disparar con idéntica habilidad con ambas piernas. Era libre para realizar lo imposible y en ese minuto ochenta y ocho lo hizo realidad. La línea de meta recibía la caricia del balón, llegando este a golpear la red, sin que el portero pudiera hacer nada al respecto. El silencio que se hizo sólo permitió escuchar su grito de dolor ante el impacto del rezagado defensa que le cubría segundos antes y cuyos tacos impactaban de lleno en su tobillo, dejándola postrada en el suelo sin posibilidad de celebrar el gol del empate mientras lloraba desconsolada.

La asistencia médica con el doc., tal y cómo era conocido por ellos en el vestuario, saltó al campo nada más oír su “auxilio”. El gentío hablaba en un susurro espontáneo mientras veían cómo el equipo médico intentaba ver el alcance de la situación. El marcador todavía marcaba dos a dos cuando el reloj llegaba al minuto noventa y el árbitro decidía dar por terminado el partido ante el desacuerdo de los jugadores del equipo que acababa de perder la ventaja.

Nadie se movía de su sitio a la espera de ver si ella se recuperaba, su equipo había conseguido la permanencia en la máxima categoría con ese empate, pero nadie celebraba nada esperándole a ella.

El estadio rompió en un aplauso cuando vieron que se levantaba con ayuda del equipo médico y sus compañeros en ese momento decidieron iniciar la celebración junto a ella, llevándola en volandas mientras recorrían el perímetro del campo. Ella no era consciente de lo que había logrado en ese momento, algo más importante, mucho más, que lo que una simple sentencia marcara hacía poco más de una semana.

Quince minutos le habían bastado para demostrar que podía jugar cómo cualquier hombre, de tú a tú, en la máxima categoría de fútbol del país. Sería su primer partido, el primero de muchos. El primero para muchas. 


J.L. Galán






No hay comentarios:

Publicar un comentario